Calles

Miro los viajeros y paseantes casi enfebrecidos caminando por la plaza camino de Ópera, Rivoli o Richelieu o sentados sobre su propia fatiga en el Café Ruc, uno de tantos bistros parisinos donde es más que improbable comer con la imaginación, el buen gusto o la decencia económica con la que aún podemos disfrutar en muchas ciudades españolas. Estoy en la Place du Theatre Français, a las puertas del hotel desde el que Camille Pisarro pintó Rué Saint-Honoré por la tarde. Las hojas de los árboles chispean ante el edificio haussmaniano, pero el paseante sabrá reconocer que es el mismo que dibujó Pisarro hace ya más de un siglo, al igual que los del resto de la calle, tal vez entonces más colorida que la actual. Pisarro realizó la obra ya en los últimos años de su vida, mirando desde la habitación, a través de la ventana, cuando sus ojos enfermos se esforzaban por entender una nueva época, moderna, cosmopolita, baudelariana. Recuerdo, de pequeño, mi especial predilección a mirar tras los cristales, dejando que la imaginación se recreara con las personas y las cosas que veía, aventurándome y entrometiéndome por las vidas y lugares que mi fantasía les procuraba. Era, desde luego, ese placer extraordinario de visibilidad y transparencia que proporciona la libertad de una imaginación virgen. Por supuesto, los libros y los mapas eran el territorio de partida para soledades, sueños y tribulaciones sin fin, pero también había otras ventanas abiertas al mundo: territorios que exploré quitando horas a labores seguramente más provechosas. Una de esas ventanas eran las láminas y los recortes que mi madre guardaba en sus portafolios con el celo de una pintora aficionada. Allí, junto a las trementinas y las lacas, los pinceles y la paleta, conocí mundos que fueron imprimiéndose en mi memoria y allí encontré por primera vez una reproducción de Rué Saint-Honoré por la tarde, de Pisarro. Cada ocasión en que veía aquel cuadro imaginaba la vida, mi vida en cada pormenor, en cada pincelada de esa calle. Años después, cuando la visité, entendí mejor el encuadre y el punto de vista de Pisarro, con una perspectiva que, a ras de la calle, no coincidía con mi recuerdo. Aun así, caminé por sus aceras como si hubiese vivido allí desde hace mucho tiempo. Así fue como hice del viaje de la imaginación, la calle de mi vida, una patria donde no había lugar para las viejas hechuras reaccionarias de los pueblos o de cualquier otro tipo de territorios enfermos de rayos, nieblas y espasmos, al parecer desde antiguo siempre amenazados, oprimidos y singulares. Porque en cada línea de una novela, en cada verso o en cada pincelada nada me era ajeno si mantenía los ojos abiertos. Como ahora, por ejemplo, mientras leo Cieno de Ernesto Colsa, sentado en uno de esos cafés de París donde los camareros atienden con esa indolencia necesaria para que uno se sienta protagonista de la obra que lee o de la que está pintando mi madre desde ese territorio libre y, a veces sin mácula, que es el recuerdo de la infancia.

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