Regreso

Si uno tiene la fortuna de viajar en esta época, percibirá que la fiambrera, el papel de aluminio, las casas de conocidos y parientes lejanos y hasta el dedo para desplazarse de un lugar a otro han vuelto. De hecho, esta mañana he visto a las afueras de la ciudad a un muchacho con su mochila abultada y su saco de dormir a la espalda haciendo dedo y sosteniendo un letrero en la otra mano que indicaba su destino: León.  La primera vez que yo hice dedo fue en 1977, cuando tenía catorce años. Mi hermano y yo cogimos las mochilas, metimos los víveres que nos preparó nuestra madre y los duros que nos dejó nuestro padre y partimos con la idea de llegar hasta Madrid. Recuerdo que la primera jornada sólo nos desplazamos 40 kilómetros y pernoctamos en un prado junto al río Piloña, a las afueras de Infiesto. La siguiente tuvimos un poco más de suerte y llegamos hasta Vargas. Un paisano rubicundo y curioso nos dejó levantar la tienda junto a su caserío. Y cumpliendo con nuestro objetivo, la tercera jornada avanzamos otros 130 e hicimos noche en Burgos. Si no retrocedemos más en el tiempo, ni en los derechos, visto lo visto no es un mal punto de partida aquellas costumbres que creíamos olvidadas. Agudizan el ingenio, convocan la generosidad, la complicidad y la sana competencia, enseñan el valor de las cosas y muestran la solidez de la rectitud. A fin de cuentas, lo que estamos necesitando en Europa, además de destinar con sabiduría nuestro dinero, es confiar y subir a nuestros coches a esos jóvenes que —estén o no mejor preparados que en otros tiempos—, son lo único que tenemos para no seguir perdiendo contra los grupos sociales y económicos que acumulan el poder y la indiferencia ante tanto siniestro social. Debo confesar que, en esa ocasión, mi hermano y yo nunca llegamos a Madrid. Como a Odiseo, nos entretuvieron un par de Calipsos muy jóvenes y cuando nos dimos cuenta ya debíamos regresar a casa. Pero a cambio aprendimos que con poco bien repartido siempre se puede llegar a algún confín del mundo y volver para contarlo. P. S.: ¡Qué bien, Antonio Muñoz Molina!

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