La primavera

Su camisola es un verde Tiziano que hace juego con su cabellera. Ya saben, Venus salida del mar de piernas esbeltas y blablablá. Está sentada y charla animosa. Cuando sonríe parece salida de la mano de algún trazo de Miguel Ángel. De hecho, no lo descarto. Mira a través del cristal y puedo ver la primavera en su boca, sus labios de anuncio, los ojos un poco hundidos, lo suficiente -lo necesario- para resultar atractiva y ferozmente deseable. Se levanta. Escaneo su cuerpo, mido su estatura, calibro la textura de su piel e imagino una tarde, la noche, esa eternidad ingrávida del deseo. Se ha dado cuenta de que la estoy mirando. Vuelve a sentarse y alarga su mano —esa mano que te gustaría apretar contra la pared o contra la mismísima Vía Láctea— en un gesto de ternura más grande que cualquier pasión. Ahora dibuja la cara de él con sus dedos, lo atrae, ladea muy levemente su cabeza y hace que sus bocas se encuentren. Se muestra satisfecha de su poderío. La delata esa postura de hembra bien atendida. Ahueca y airea su melena y, en el impasse del movimiento, aprovecha para mirarme furtiva. Entonces se levantan los dos. La miro por última vez y pienso quién pudiera llevar sin miedo las riendas de esa cabellera. Ya saben, Venus salida del mar y blablablá.

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