Sol de invierno

Esta mañana, con este sol de invierno que brilla casi sin creérselo, he dado un paseo por la ciudad antigua. El mercado estaba abarrotado y, sin embargo, por sus calles más oscuras apenas había nadie. Parece que el frío y el calor ahuyenten por igual. He llegado hasta la plaza del Paraguas —un hombre dormía en el suelo, una muchacha pasaba— y allí, en un bar,  me he sentado a tomar un café. En otra mesa había una mujer leyendo el periódico y más allá tres hombres susurrando, desconfiados. Me he emborrachado con el calor del sol y me he perdido recordando a tantos a quienes conocí allí mismo: novelistas, poetas, editores, comerciantes, periodistas, pintores, delatores, políticos, sinvergüenzas, músicos, heridos, solitarios, amantes, traidores, gentes de una época, gente buena y gente mala y hasta a mí mismo en un lado y otro de la frontera, reptando todos por un pasado del que apenas quedan algunas palabras sin ángel. Luego me encontré a Leopoldo. Hemos quedado para tomar un vino.

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