Bach

La primera vez que fui consciente de su tamaño y de la huella indeleble que nos legó quizá fuese en algún momento atribulado del bachillerato o durante alguna tarde fría en la universidad. Después me exilié de Johann Sebastian Bach para descubrir otros mundos y al fin acabar, bastantes años después y de la mano de Félix Grande, volando por las caricias felices de Glenn Gould interpretando las Variaciones Goldberg. Leyendo estos días a Adam Zagajewski que lo recuerda a menudo, vuelvo a sentir lo mucho que le debemos al maestro antiguo de Eisenach. Pero la felicidad tiene muy mala prensa y encima pocas son las cosas capaces de ofrecernos instantes verdaderamente felices. De todos es sabido que es un arma de destrucción masiva que torna amigos en enemigos y por eso suele ser consejo de viejo cuidarse de ciertas demostraciones. Sin embargo no me resisto: esta mañana, mi concierto de año nuevo no sólo estuvo en el Musikverein; también en algunas fugas y partitas que mi mujer tocó de repente. Y así el primer día del año, que había comenzado expresando venturosos deseos que parecían una broma en medio de la desazón general, elevó el vuelo y me rozó, por unos instantes, con las altas manos de la felicidad.

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