Atrofiados

El otoño llega tan caliente que parece imposible que podamos asentar nuestras pateadas posaderas en algún lugar que no esté lleno de facturas afiladas o impuestos en ascuas. Nadie sabe bien a dónde vamos a parar y casi nadie dónde estamos, entre otras muchas razones porque el presente y el futuro se han vuelto tiempos intangibles, imposibles de conjugar. A mayor abundancia —por poco se me escapa un a más a más—, porque quienes tienen la legitimidad política para guiarnos han perdido y continúan perdiendo todas las brújulas que les hemos prestado. Me recuerdan a esas aves esteparias y deformadas que aparecen en El mar de las Sirtes, de Julien Gracq, incapaces de volar ante la falta de destino o de algún lugar donde apoyarse para descansar.

La imaginación, o la falta de imaginación, que unos cuantos, algunos o muchos pretenden aplicar para sus territorios no es la misma que usan para solventar los problemas de sus ciudadanos, como si aquélla fuese en realidad un estorbo más que un medio para alcanzar soluciones honradas y eficaces.

Querían alas para volar pero las tienen atrofiadas; hace tiempo que no hay halcones que les persigan, a no ser la fatiga propia de esas pesadillas por las que merodean los monstruos que nacen del sueño de su razón.

Por lo demás, vayamos todos con cuidado. La alta política española siempre ha tenido muy buenas ideas y connivencias para calmar los desafueros a costa de los bolsillos demediados de los ciudadanos. Y si no, al tiempo.

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