Rentrée

Durante estos últimos tiempos me he entregado con promiscuidad de lego al entendimiento de la jerga económica y sus arcanos. Pero hace un par de meses decidí abandonar, supongo que hasta las pelotas de purito paroxismo, tras descubrirme recitando versos en sueños, a la manera de Coleridge o de Borges, pero sin opio. Suerte que al despertar descubrí que esos versos, en realidad, no eran míos, sino el eco de Quevedo y su Don Dinero. Así las cosas, este verano de lujuria nacional y pereza decimonónica, me he centrando en el universo periodístico. Para suerte o desgracia la literatura me ha proporcionado este estío escasas sorpresas y un aburrimiento decadente y rural que parece no va a cambiar, visto el percal de novedades que se anuncia. Ya leeremos. El asunto es que hojeando los diarios descubro que las sensaciones y razonamientos más privados, en comandita con amigos y familiares, acaban siendo más perspicaces y solventes que las exégesis, bagatelas (lugares comunes) y otras chuflas (nidos vacíos) que en forma de noticias, viñetas o columnas nos brindan periodistas de máster, intelectuales medios y otros subalternos. Ya se sabe que la información sólo es estrategia y mantras de los departamentos de comunicación pero por lo que sea los periodistas et alli ni buscan donde deben ni entienden lo que tocan cuando les llega. Un ejemplo nimio y cercano es que la mayoría de ellos han tardado tres años en diferenciar funcionario de trabajador público. Otro, más grave, es que siempre tienen teorías y explicaciones para llenar un par de folios con las teorías y explicaciones que ya suponemos propios y extraños con echar una ojeada al saldo de nuestra cuenta y a esa prima lejana que iba para monja de clausura y nos ha salido más puta que las gallinas. [En algunas casas ya están poniendo la estampa de Mario Draghi junto al santo patrón o sus manes particulares]. En fin, no me digan que no tienen mérito. A alguno de ellos, de par en par o a todos juntos deberían darle el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Y al hilo de todo esto habrá que advertir a tanto dedo intrépido que lo malo de sus torres de marfil, y de las procelosas ondas de internet por donde se columpian, es que cuando salen a cubierta se marean y acaban echando la vomitona por la borda y la cubierta de  folios inmaculados. Pero sigamos. De esta falta de discernimiento e investigación periodística —qué buen periodismo se hacía hace sólo unos cuantos años ¿verdad?— surge buena parte de la desafección al sistema y sus representantes, incluido el cuarto poder. Y también a una realidad a la que es imposible meter mano, da igual si uno está empleado o a la caza de algún trabajo, aunque sea sumergido. Porque ¿quién se va a poner a hacer distingos entre funcionario y trabajador público, entre déficit y deuda o entre FLA y FROB cuando uno tiene un hijo de 50 de vuelta en casa con un nieto que viene hambriento y feroz de la escuela, una mujer en silla de ruedas y un dolor de muelas del tamaño de una hipoteca? Cuando nadie dice algo que no sobre es porque nadie sabe y el que sabe se lo calla para engordar su «bolsa de cuero. Poderoso caballero es don dinero». Los tiempos están cambiando y no precisamente como Dylan nos cantaba. Salud y suerte.

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