Cataluña

Que auténtico no queda nada se sabe en el mundo del arte al menos desde Duchamp, por no ir demasiado lejos. Ocurre en otras artes y disciplinas. En literatura, llegando desde tiempos remotísimos, la copia ha devenido en un enorme agujero negro y el escritor en un vampiro imbatible. Pero en política ocurre una distorsión que tiene que ver con la inmediatez cotidiana, con esa utilidad social que se le supone. Resulta revelador que unos señores se arroguen la potestad de tomar como rehenes a los más desfavorecidos y ponerlos como escudos de su incompetencia ante otros que tal bailan pero que poco o nada tienen que ver con la insolvencia económica de Cataluña. Después vendrán los gacetilleros altivos a contarnos que no todos los políticos son iguales, que esa clase pública no mira a sus intereses inconfesables y privados. Será porque esos escribientes viven del momio establecido, de la complicidad tácita y de la desvergüenza, la insensibilidad o la ignorancia. Tal vez todo junto. Por eso, entre otras muchas cosas, no nos dejan ver la realidad. La verdad, ya lo dije otra vez, es que nuestra democracia acaba siempre por elevar la mediocridad al rango de virtud necesaria. Y así no es.

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