Vidas

Lo compré en la librería del aeropuerto hace ahora un puñado de años. Por algún motivo —sé el motivo pero no les aburriré ahora con digresiones errabundas— lo extravié en el interior del avión, dejando su lectura por la página 30 o 40, la 50 tal vez. Recuerdo que un azafato, al atender una petición excéntrica de la pasajera del asiento contiguo —una rubia voluminosa con un olor que torturaba mi gusto y mi olfato—, se fijó en la portada y señalándolo me dijo: «buen libro». Años después, exactamente el 18 de diciembre del año pasado, volví a comprarlo. Esta vez la 2ª edición. Ayer tuve que ir a devolverlo porque a la página 66 le seguía la 111 y luego la paginación se volvía caprichosa y encima se tragaba 25 o más. Sorprendentemente reconocí en la cara abotagada del vendedor al amable y risueño auxiliar de aquel vuelo. Como no había otro ejemplar lo encargué y aproveché para llevarme otro del mismo autor. El dependiente lo metió en una bolsa, me libró el tique y me dijo: «buen libro». A punto estaba de recordarle aquella pérdida cuando me comentó: «Se dejó el libro en el avión, ¿recuerda?» «Sí», balbucí tímido y de nuevo sorprendido. Y justo antes de darme la vuelta le pregunté: «Y al final ¿qué pasó con aquella mujer?» «Fue niña y llegó con un libro bajo el brazo».
El libro era Vidas minúsculas de Pierre Michon. El otro, El origen del mundo, también del francés, lo devoré ayer por la noche. El azafato me contó que hoy sería su último día de trabajo.

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