Buenas noches

Casi era la hora de cierre y sólo quedaba una pareja de viajeros fatigados que justo en ese instante se marchaba. Hacía un rato que Chapman, Huarte y Valdavia ya se habían ido, tras pasar la tarde conversando en el salón acristalado del Café Leopold. Chapman se mostró menos huraño que de costumbre —al parecer algunas inversiones habían recuperado parte de lo perdido— y aseguró que la cena de Nochebuena la pasaría junto a Inga la pelirroja y Alek, el hijo de ésta. Me alegré por ella: es de esas personas que sin creer del todo en las instancias más altas tienen fe en el alma de las cosas. Y crucé los dedos para que Chapman, al menos esa noche, olvidara sus obsesiones.
Huarte leía y escribía. Y cuando no, además de viajar por motivos de trabajo, mostraba toda su perpleja existencia con largos párrafos cuya mayor eficacia consistía en la seducción de su oyente. Le gustaba la exactitud y si no encontraba las palabras justas, caía en un balbuceo inquietante, como si rozara el ensueño de algún abismo. Tal exageración era encomiable. Supe de él por Chapman, cuando necesité un informe de situación. Me dijo: «Es el mejor. Abruma su dote intuitiva. Nada que ver con la ortodoxia, claro, pero su heurística es determinante». Esa noche, contó, se iba a casa. Escucharía The trees speak de Gallardo y quizás leería algo de Gombrowick, de Rubem Fonseca o de Coetzee, quién sabe. Por supuesto no le creí. Sus exageraciones solían encubrir la piel efervescente de alguna dama o las caricias de alguna mujer perdida en algún charquito existencial. Por su parte Valdavia estaba en el cenit de su particular montaña rusa. Ciclotimia de libro. Su gente, sus exiliaditos y toda esa prole de latinoamericanos que aplacaban su timidez imperial con tandas de chistes interminables y luego con milongas de Piazzolla, boleros y jarabes, sones o rancheras, darían cuenta de sus carnes y cebiches, tacos y tortillas, chiles y guacamoles… No sé cómo era capaz de organizar aquellos reencuentros cada Nochebuena, después de tantos años alejado de su país. La melancolía de ese mapamundi sudamericano es una droga muy extraña. Pero de Valdavia, en realidad más europeo que un lobby en Bruselas o Estrasburgo, lo que nos extrañaba era su incapacidad para encontrar alguna mujer que no acabara dejándole el alma hecha un trapo. En un instante pasaba de orgasm specialit a imán de la desgracia.
En mi caso, nadie me esperaba. Pedí la cuenta. Le di un billete de 50. Me fijé en sus uñas cortas pintadas de rojo. Rebuscó en los bolsillos de su delantal y me dio el cambio. Nuestros dedos se rozaron o eso quise pensar en una centésima de segundo. Cuando ya se iba, se detuvo, dio media vuelta y apoyando sus dos manos sobre la mesa me preguntó con sus ojos iluminados: ¿con quién cenas esta noche? El escote de su camisa retumbó en mi estómago. Tomamos el metro hasta Landstraβe. Cuando llegamos, miré hacia arriba. Las luces de las ventanas de Chapman, Huarte y Valdavia estaban encendidas. Esbocé una sonrisa imperceptible y satisfecha. Luego descorché una botella de vino y brindamos. Las pequeñas cosas más felices siempre hacen ruido. Y aún no sabía que a la mañana siguiente haría menos frío en mi cama.
© Javier Lasheras, 2011.

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