Deuda

Valdavia recordaba con frecuencia su país, dulce y selvático, caliente y desmesurado, pero esquilmado y miserable con los suyos. En público hablaba con orgullo impostado y algo ditirámbico y en privado, en su soledad espesa y diabólica, con un dolor que acababa en una venganza postergada y estéril. Un dolor que se iba diluyendo como la riada tras una pequeña tormenta. Vivía en la casa amarilla, junto a la azul de Chapman, pared con pared, pero sin puerta que los saludase. Eso sólo lo hacían en el Café Leopold. Al inglés le debía una. Una que Valdavia sabía iba a ser para toda la vida. De ese tipo de acciones que te salvan el culo en el momento y el lugar adecuado y que sabes bien que jamás lograrás saldarlas. Como uno de esos acontecimientos familiares que te provocan una incomodidad de por vida. Como cuando al caminar aprendes que el problema de tener una puta piedra en el zapato no está en la piedra.

El otro día nos encontramos al atardecer. Huarte y Chapman dialogaban diagonales igual que dos alfiles de largo recorrido, cada uno por sus escaques. «Los problemas con los padres no albergan soluciones, inglés», oí decir a Huarte con su amable gravedad. «Con apretar unas cuantas teclas del ordenador bastará para sanarme», zanjó muy anglicano Chapman, reconociendo la enfermedad, mientras tamborileaba sus dedos pequeños y afilados sobre la mesa. Les saludé y pedí un café largo con un soplo de leche fría. La camarera era nueva. No era guapa, no era joven, pero parecía que traía varias vidas en sus ojos. Chapman se dio cuenta y me irritó con su habitual sonrisa. Al pronto llegó Valdavia. Su piel oscura se había relajado hasta un tono quebradizo. Y todos supimos que la melancolía le había apretado el gaznate, que había vuelto a caminar veloz y sin fondo hasta su otra casa, aquellos doscientos metros cuadrados llenos de libros y a la que una deuda no le permitía acceder. Chapman siempre le recordaba que podía disponer de ella cuando quisiera. Incluso Huarte y yo mismo nos ofrecíamos animosos a acompañarlo. Pero Valdavia había dado su palabra y aunque el rencor y la furia le picoteaban el hígado y el alma, antes deseaba morir que convertirse en un moroso desagradecido. Valdavia aún tenía los ojos inyectados. No era muy difícil imaginar su cuerpo apoyado en el portal de enfrente, mirando hacia la ventana de aquel edificio mientras su rostro se iba quemando en la luz de una habitación en donde se agolpaban los libros atesorados con el esfuerzo callado de sus antepasados.

© Javier Lasheras, 2011.

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