Crisis

La casa azul está bajo la mía. Estaba vacía hasta que llegó Chapman. Una tarde, hará poco más de seis meses, escuché una conversación áspera y dura. El inglés no reparó en frases envenenadas, alguna de una retorcida maldad, como agujas afiladas que caen desde el aire y se clavan limpiamente en el cerebro de la víctima. Sin tiempo para defenderse, Inga, la pelirroja de ojos oceánicos y abisales, le dejó en recuerdo la mínima señal de unas tijeras en el brazo. Chapman no parpadeó. Inga me gustaba y nunca le perdoné que la dejara marchar. Su inmensa capacidad para el placer —incluso con otros— era la mayor garantía que ella podía entregar en aquella relación insana e insumisa, siempre tensa y oscura. Pero quizá lo que Inga no aguantaba más de él era aquella deriva hacia su insolvencia moral.  Y supongo que tampoco él soportaba más los dioses utópicos que ella alimentaba. Chapman dormía casi nada y cuando no estaba en el Café Leopold, su vida era un enigma. Un día supe que apenas salía del despacho al que ni siquiera ella podía acceder. Sólo lo visitó una vez, cuando le conoció, y fue para follar iluminados bajo las luces intermitentes de todas aquellas pantallas repletas de gráficos con dientes de sierra, columnas de inputs y outputs, rentabilidades de fondos y depósitos, mercados de futuros o líneas del mercado secundario y líneas telefónicas saturadas de rumores y avaricias con las que finalmente se decidía a comprar y vender.

Esta mañana, mientras sorbía ruidosamente su capuchino, le pregunté qué hacía ante la situación mundial. Chapman izó la ceja derecha, circunflejo como un compás, y abriéndosele los ojillos brillantes dijo:« Eyaculo.» Relajó la expresión y acotó: «Lo que no efunde se hace tósigo.» Chapman no parpadeó.

Luego, cuando llegué a casa, vi a Inga saliendo del portal. Hay relaciones que sólo empastan bien cuando están en funciones y bajo presión, como dos artificieros a punto de jubilarse delante de un cable rojo que no saben si cortar. O como alguien que tiene que cuidar de su peor enemigo. Pero Chapman no es tan malo. Tan sólo jode miles de vidas a golpe de ordenador. Malsanamente me he preguntado si eyacula cada vez que pulsa la tecla final. Me he alegrado al ver de nuevo a Inga. Su rostro parece luz en el túnel.

© Javier Lasheras, 2011.

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