Casual

Chapman ya estaba sentado cuando llegué. Ni siquiera se había quitado el abrigo, una manta gris para aquel cuerpo tan escuálido. Parecía una lámpara sin luz junto a la mesa. A esa hora, en el Café Leopold de Viena departían viajeros sedientos de secesionismo, pintores y modelos a punto y algunos sueltos sin mayor pretensión que el advenimiento del destino o la esperanza de un azar lleno de consuelo. Le saludé y me respondió con otra sonrisa en conserva, un tic de años que le había excavado un par de surcos en su rostro. Poco después apareció Huarte en compañía de una mujer de bandera, sexy y peligrosa como un labio entreabierto. Se besaron de arriba abajo, apretadamente; ella le entregó una bolsa y enseguida se sentó en otra mesa impregnando el aire con ese aroma de los ultracuerpos cuando nos invaden. El español nos tendió la mano y preguntó por Valdavia. Chapman miró su reloj y anunció que todavía faltaban seis minutos para las once. «¿Qué llevas ahí?», le pregunté. Abrió el libro blanco e ilustrado, estrecho y alto como una casa en Lilliput, tal vez unos 40 centímetros, quizá un poco más, y comenzó a leer: «¿Qué es la casualidad?». Cuando acabó de leer todo el libro, en el Piaget de la barra aún quedaban seis minutos para las once. «Vaya, parece que no es cuestión de ir contra el tiempo», dije. A lo que Chapman susurró: «Ni mucho menos contra el viento». No le reí la gracia y pregunté: «¿Quién es?» Huarte miró la portada y leyó: «Pepe Monteserín y Pablo Amargo». «Me refiero a esa mujer», le aclaré. «¿Quién sabe? Acabo de conocerla en el ascensor». Sorprendido repregunté: «¿Y la dejas ahí así como así?» «Así como así, no», sentenció. En ese instante, apareció Valdavia. Aún eran las once menos seis. Venía acompañado de una mujer sexy y morena como las laderas de una noche. Su culo era un prodigio esférico perfectamente embutido en sus vaqueros. Se besaron como animales. Ella le alargó un paquete y se sentó en otra mesa. Valdavia tomó asiento entre nosotros y acariciando el lomo del libro dijo: «Buenos días señores. Hoy hablaremos de la casualidad.» Traía en su chaqueta el perfume alegre de sus pechos. Chapman me miró y volvió a mostrarme otra mueca enlatada. Mi reloj marcaba las once en punto. Demasiado tarde. Ellas ya no estaban.

© Javier Lasheras, 2011

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