Una lección japonesa

Extraigo de Japón su acatamiento a las reglas del “grupo” en bien de todos, el conocimiento profundo de su propia sociedad (aunque nos parezca excesivamente tradicional y contradictoria) y el alto desarrollo en la cooperación ante la adversidad. Además, nadie que haya puesto su trabajo y conocimientos a disposición de los demás lo reclama después para sí mismo: su honor y su dignidad, su generosidad y la empatía moral con los demás, se lo impiden. Por supuesto, siempre hay quien se tira a la calle a por su botella de agua y su kilo de arroz. En esto, japoneses, catalanes, asturianos o franceses son iguales.

A todo ello contribuye una información —un espíritu, una educación, un desarrollo— más valiosa y fundamental que la librería de cada uno y los mensajes de correo electrónico o participación en redes sociales de cada cual. Se trata de ese flujo de historia, de sangre y energía, que la sociedad traslada en conjunto como un principio vital, como una genómica a la que se van sumando todos libremente. Y al fin, de mantener dos o tres pilares fundamentales para que una sociedad, ya caída y levantada muchas veces, no se desmorone nunca. El día que esto se olvide, desaparecerá la sociedad. Al menos tal y como hoy la conocemos. Sólo resta desear suerte, larga vida y prosperidad.

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