Papá ha muerto

El tiempo parado en el reloj. 8:38.

No hace mucho, en septiembre del año pasado, visitamos en San Petersburgo la última casa en la que vivió Dostoievski, convertida en museo desde 1971. Si lo recuerdo ahora es porque tal día como hoy, un 9 de febrero, F.D. Dostoievski moría de una hemorragia pulmonar, tras un enfisema letal y un estado general degradado por su epilepsia. Eran las 8:38 de la noche, hora en la que alguien, quizá su mujer Anna Grigorievna, seguramente consciente de la trascendencia de su obra o quizá por alguna costumbre desconocida, decidió parar las manecillas del reloj que 130 años después aún permanece en su despacho, donde terminó Los demonios o Los hermanos Karamazov.

Caja de cigarrillos de F.D. Dostoievski

Estos son datos en los que ustedes pueden ahondar si visitan este museo pulsando aquí. Lo que no podrán hacer es lo que hizo el joven Misha casi una hora antes del deceso. Partió con su gorra calada desde la imprenta, orillando el río Moika, con un cartapacio de cuero bajo el brazo en el que se apretujaban unas galeradas del escritor y algún manuscrito propio que deseaba mostrarle. Como suele decirse, hacía tanto frío que hasta los abogados petersburgueses llevaban las manos en sus propios bolsillos. Misha estaba helado, titiritaba y a cada paso que daba se humedecía los labios sajados y resecos. Dobló en la Perspectiva Nevski y, a pesar del tiempo y la noche, se le alegró la mirada al caminar, deslumbrado por las luces cálidas de las casas y los palacios. Todo se mudó cuando giró a la derecha por la Perspectiva Vladimirski para adentrarse en el barrio de Sennaya: rostros contraídos, miradas desconfiadas y vidas sin sentido, en fin, los pasos miserables de un mundo que a Misha le recordó los personajes novelados por su maestro. Enfocó Kuznechny hasta llegar a la esquina con Yamskaya. Bajó siete escalones y subió por la escalera un par de pisos hasta el humilde apartamento de Dostoievski. Golpeó tres veces, suave pero firme. Se abrió la puerta y le recibió el mentón rocoso y los ojos grandes y hundidos de Anna Griegorievna. Comprendió que había llegado tarde para siempre. Pasó sin decir nada. Atravesó el vestíbulo y se detuvo en la puerta del salón. Allí, sobre la mesa, vio a la hija de Anna y Fíodor escribiendo en la caja de cigarrillos del padre. Misha se acercó. Acarició el pelo de la joven Lyubov y, ganado por la curiosidad, leyó: «Hoy papá ha muerto».  

El despacho de Dostoievski

Tras visitar el museo, mi mujer y yo terminamos el día en el Teatro Mariinsky, celebrando el 150 aniversario de esa institución. Puedo decir que la experiencia de jugarnos la vida por las calles de la Venecia del Norte con un chófer profesional a casi 100 km/h ,y el programa conmemorativo del Mariinsky, fueron inolvidables. Gran conocedor del alma humana y de sus compatriotas, Fíodor Dostoievski, hubiese escrito un relato prodigioso. Brinden por él. Y no se olviden de leerlo alguna vez en su vida.

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