5ª endivia. Ordaz con sombrero

Casas abiertas. Selección y traducción de Jorge Ordaz. Colección Diez. Literarias. Escritores de Asturias. 2011

Con su porte espigado y su mirar a medias entre la sorpresa y el aburrimiento, con esos ojillos vivaces a lo Blaise Cendrars —pero con gafas—, el bohemio Modigliani nos habría legado un retrato estupendo de Jorge Ordaz: el de un escritor fascinado por la aventura de la imaginación. Nos lo hubiese desnudado en un pispás: original y consistente, serio y preciso, con una pincelada de humor entre las comisuras de su educación y las entrañas de su sintaxis, esa moral tan Paul Valery. Nos hablaría de un conversador instruido, de lectura perspicaz y algún que otro vicio, lo que haría del retrato una imagen amable y cercana. A cualquiera de nosotros, quiero decir. Y en fin, boca prudente, con signo de exclamación en el ceño y fedora o borsalino sobre la testa, para que el calor de los libros no se le escape.

Ordaz sabe que a escribir se aprende temprano para luego pasarse toda la santa vida emborronando cuadernos o folios y papelotes. Es decir, desaprendiendo a cualquier hora sin otro fin ni consuelo que el de fracasar bien a gusto, que es la forma más piruja del éxito. Tanto le da a las letras como a las ciencias y nunca olvida que en las piedras ya se escribieron todas las leyes y casi todos los cuentos. Desde pronto, que es un tiempo sin certezas pero con significado, se curó de las vanidades confesables y aprendió que un buen libro no siempre está en los de culto o en los más afamados, sino en aquellos con los que sus manos y sus ojos tiemblan. Dicen que por las noches, en su gabinete, le pasa la lengua a los libros que más le gustan y de algunos, los que más aprecia, llega a masticar algún trocito de papel; cuentan que guarda en su memoria repisas llenas con los sabores y olores de cada palabra.

Por la ciudad en invierno, que ya no sería igual sin el vuelo de su sombrero, pasa aislado leyendo el periódico o reconcentrado con las manos amarradas por detrás, como un profesor en fuga, con ese aire de jugo literario que quizá esconda la máscara de un tahúr arruinado, o lo que es peor, enamorado. En todo caso, es dueño de Obiter dicta, una bitácora feliz, alicatada con reflejos geológicos, versos de varia lección, resaltes cinematográficos, exquisitas biografías e imperdibles curiosidades entre muchos otros apuntes. Dicho sea de paso, todo un lujo nacido en Barcelona para el mundo Internet.

Si no fuese porque en este país nos pone marchar con unas cuantas horas de retraso, alguien ya le hubiese ofrecido el Ministerio de Asuntos Más o Menos Culturales (es lo que tiene esta época Sinde y Cía.). Lástima. ¿Aceptaría alguna presidencia autoral (lo dudo) o, al menos, una presencia en un Sanedrín gastroliterario, con vino y setas otoñales? Antes de alguna farra bien podría leernos un par o así de poemas, de esos estadounidenses que saca de su sombrero. Fin: no sé si Conrad andará por algún paraje de esta selva universal, convertido en polvo de letras, pero si es así seguro que ya tiene noticia de Ordaz. Por mi parte, me quito el sombrero.

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