Houellebecq

Tras un largo fin de semana con una nota media de DIEZ, me largué con viento fresco al norte. Me pareció encontrar París un poco más aburrida que de costumbre. Cuestión de otoños, cambios de gobierno y tristeza europea, supongo. Sarkozy limpiándole la cara a Sarko o Fillon reemplazando a Filllon: los políticos europeos sin excepción cambian el barroquismo de sus ideas por el posibilismo más clásico. C’est tout. Pero a París no la hunde ni dios, sobre todo si el amor sigue dejando regueros de tinta y se engarza por las comisuras de esos puentes que grapan la orilla izquierda con la derecha. Para quien la visite otra vez, conviene saber que Michelle Houellebecq ya está en todas las librerías tras santificarse en los 10 euros de los hermanos Goncourt, que los cafés del Bulevar Saint Germain o los de los alrededores de la Sorbona están fuera de juego (lástima que los aguerridos y contumaces escritores españoles que pululan por las bienpensantes y últimamente ñoñas páginas de El País -fuera del país resulta casi hasta enternecedor leer El País-, insistan en seguir pateando esas calles en las que ya no encuentran la frescura de aquel ardor sesentayochista, que es algo así como si viésemos a la generación poética del 50 acercándose a estas alturas de la obra por el pub de la ovetense Plaza del Paraguas -conste que vi a uno visitándola, pero era justificada intimidad vespertina-; en todo caso, ganas de no enterarse de nada) y conviene saber también que en un domingo de lluvia con sombrero, una visita al Musèe Moureau puede resultar una experiencia excitante para nuestros conocimientos cada día más flácidos. No se olvide nadie de tomarse, es una sugerencia, unas generosas porciones de tarta en Le loir dans le theire (Le secret d‘Alice), en ese merveillouse distrito que es el Marais, de visitar el recién abierto museo Gran Oriente de Francia o, sencillamente, de hacer vida parisina: saber dormir para saber desayunar, saber pasear para saber qué comprar, saber cocinar -y comer, claro- para saber opinar y saber beber para saber respetar, desde la mañana hasta la noche. Las lecturas se suponen. La tradicional algarabía española podría aprender algo de tanta virtud.

Es verdad que todo tiene su contra y más en estos tiempos escalfados, pero para quien pueda permitírselo, mejor vivir una vida a la parisienne que una hipócrita vida a la española, tortilla de patata mediante. En realidad, París sólo me pareció aburrida a primera vista. Al cabo, sigue siendo la mejor ciudad de Europa con una diferencia abrumadora. El resto son imposturas de poeta. Basta con encaramarse a doscientos metros y saber que en un abrir y cerrar de ojos puedes encender y apagar a tu antojo todas las luces de la ciudad. Incluso por el día. Sólo se trata de imaginar. La inmunidad del lector está garantizada y la filosofía se entiende mejor con esta ciudad muy cerca del corazón. Qué les voy a contar: ustedes ya saben que el mapa nunca es el territorio.

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