Nadie es perfecto

Diseño de Pandiella y Ocio

Ocurrió en 1994. Tras recitarnos en público y de memoria el texto que ustedes pueden leer pulsando aquí, Andrés Amorós y unos pocos nos orillamos en las mesas del fondo de un comedor para tertuliar mientras almorzábamos. Le pregunté desde cuándo retenía aquel texto cortazarino, ese glíglico juguetón de Lucía y Horacio. Amorós me respondió, afable y civil: «en estas ocasiones sólo hablo del Real Madrid y de casi cualquier cosa menos de literatura». Además de la comprensible boutade, confieso que me encantó la respuesta y aún conservo retazos sabrosos y crujientes de aquella sobremesa. Supongo que fue su origen improvisado y su decurso distendido lo que me agradó porque la verdad es que nunca me han gustado las tertulias. Ni más ni menos organizadas, y no sólo las literarias. No sé si será por mi querencia a las distancias cortas o porque cada vez que me he adentrado en uno de esos círculos no he acabado demasiado bien con los habituales. Cuestión de carácter, supongo: solemos acabar pareciéndonos mucho más a lo que dicen acerca de cómo somos que a aquello que pensamos sobre nosotros mismos. Sin embargo, tampoco conviene ser generoso con quienes utilizan tu disposición y aquiescencia a la crítica bienintencionada con el propósito de convertir su opinión en un arma de destrucción constante.  Son legión, hay que andarse con cuidado y cuesta mucho construirse una imagen respetable como para dejarla en bocas ajenas.

Andrés Amorós

Es por esto que prefiero el encuentro inesperado o la cita tête à tête —tantas veces demorada que acaba por convertirse en un placer extraordinariamente denso— a la esclavitud del grupo, por más encomiable que sea el interés o el agrado.

Quizá también por eso disfrute encontrándome con esos amigos variopintos y heterodoxos, gente bien tomada, serena y educada, finos analistas de la economía, epicúreos jubilados (esto es pleonasmo, supongo), celosos de su intimidad, lejanos representantes del Big bang del espíritu tras echarse al coleto un par de tragos y algunas pestañas de queso, maestros en el quite y en el burladero, por naturales o chicuelinas en la barra, Bacos sin bacantes, gente de carne y hueso que anda de vuelta y aprendiendo todavía, que dan la bienvenida con una sonrisa y un cuartillo de vino por cabeza a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. A los demás, ajo y agua. En fin, amigos a los que cada viernes que puedo, y a eso de las dos de la tarde, les robo un poco de sus vidas para seguir engañando al tiempo y sentirme algo más vivo o menos muerto, depende del día. Ellos, sin saberlo, son algunos de mis productores de ficciones y emoción y no necesito de ellos que me procuren perspicacia literaria ni que llenen las puertas de sus neveras con los cuadros de ningún museo, ni aunque se los regalen. Para tipos como ellos también escribo. ¡Ah, se me olvidaba! Y además hablan del Barça (léase Fútbol Club Barcelona). Ya ven. Nadie es perfecto.  Por eso les endivio.

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