El factor π

ELLA, AMAZONA, OLISQUEABA SU RASTRO e implacable terminaba encontrando sus huesos apostados en algún café o su mirada de pez o de caballo rumiando por alguna plaza tranquila de la ciudad para luego precipitarse en sus pasiones por debajo de cada una de sus rendijas. Tenía una clarividencia y un hambre tan salvaje que los más leves pensamientos de él nunca le resultaban ajenos: ¿existía Dios también en el averno?, ¿era el océano atardecido la aorta de los territorios que contemplaba?, ¿qué se parapetaba detrás de la Luna dormida bajo el agua?, ¿aquella chica que cruzaba el paso de cebra tenía las características de un nenúfar dispuesta a la ofrenda o todavía era una incólume vestal?, ¿cuál era el significado de cada peldaño en la escalera de Jacob?, ¿qué tenía que ver un Mondriaan con un Vieira da Silva?, ¿cuál era la condena por una sonrisa para siempre? Ella no decía nada, escuchaba sus circunvoluciones en silencio y se reía y disfrutaba con la benevolencia que dicen se gastan los mejores.

Ella, tripulante de los espacios infinitos, le contaba de lugares ignotos, le mostraba el nombre de las cosas e infatigable le recordaba en voz alta y clara cada palabra que él olvidaba.

Ella, exploradora, a toda máquina rebelándose contra los espacios comunes de su época, calibraba la profundidad de cada pozo de su angustia y calculaba particularmente y al milímetro las superficies intactas de su piel, el mapa elocuente de su alma. El tiempo, y cada uno de sus segundos elementales, era su aliado: posaba la planta del pie sobre su costado y recibía la información de su temperatura, acariciaba la frente y sabía del humor de su melancolía, le ponía la mano en el corazón y se bebía la líquida transustanciación pagana, miraba sus ojos y contemplaba al lobo otrora inquieto y voraz, ya sereno en la penumbra.

Él, claro está, no podía hacer otra cosa que comer de su mano, confiado y agradecido, estirando su lengua y lamiéndola como el animal al que le acaban de salvar la vida.

Cuentan que una tarde ardiente y encendida de abril, alados por un aire propicio, ella le reveló la relación entre la longitud de sus ojos y el diámetro de sus deseos: fue en ese instante cuando pidieron un taxi y se marcharon juntos al fin del universo, como hacen los autonautas de las cosmopistas tras haber transitado y habitado todas las fronteras del mundo.

Fotos: Victory Boogie  Woogie, de Piet Mondriaan y L’issue lumineuse, de Maria H. Vieira da Silva

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