El siguiente

Habla Klara Sax, uno de los personajes de Submundo (1997) —novela impagable del neoyorkino Don DeLillo—, ante una periodista de una televisión francesa: «Muchas cosas que se hallaban ancladas en el equilibrio de poder y en el equilibrio de terror parecen haberse descompuesto, haberse desatado. Hoy en día, las cosas no tienen límite. Yo ya no entiendo el dinero. El dinero se ha desatado. La violencia se ha desatado, ahora la violencia es algo más fácil, algo liberado, fuera de control, algo que ya no tiene medida y no se basa en una escala de virtudes.»

La afirmación no está exenta de riesgos y matices, pero quizá convengan conmigo en que su importancia no radica en el poder o en el terror ni siquiera en el dinero o la violencia: es la ausencia de medidas, la fisión de la escala de virtudes lo que nos sobrecoge. ¿No será esto lo que demandamos con un insistente silencio de corderos a los líderes sociales y políticos? Su dejación es un grito que tienta a la Historia, a los episodios oscuros y a los sucesos trágicos de la humanidad. Aspiran a representarnos, pero con su inane gestión y sus etéreas declaraciones van construyendo ese zumbido inmanejable de la masa, la rumia iracunda de la multitud, el rascacielos salvaje de la muchedumbre. Y antes o después, si nadie lo remedia, alguien puede aprovecharse de esos caudales sin arterias. Porque alguien nos está follando vivos. Al menos esto está claro. Y mientras tanto, se sucede silencioso El negocio de los negocios, el dinero invisible, de Denis Robert, Yan Lindingre y Laurent Astier. Transita agazapado, ordena compras y ventas, suicidios y condenas, genera guerras y colapsos, incertidumbre y sobre todo la parálisis mental de los ¿ciudadanos?, un batallón inerme de tristes e inútiles sabelotodo que envejecemos sin ganas de enfangarnos para cambiar ni siquiera una maldita coma.
Sí, alguien nos está follando vivos, me repito. Ya lo sé. Seguro que lo he leído por ahí, en algún libro que ya no recuerdo. Pero es verdad. Alguien nos está follando vivos y no van a parar hasta que estemos bien jodidos, con la lección bien aprendida. No sé. Igual lo leí en Dinero (1984), de Martin Amis. O en algún poema de Bukowski. Pero qué más da. ¿No es acaso éste uno de los mensajes más profundos y francos que nos han legado casi todos los grandes de la literatura? Atención, le están follando vivo. Así, vuelta y vuelta. Que cada uno se atenga a las consecuencias si se mueve… Y alguien, al fondo y desde la penumbra, observando inmutable por el visor de una cámara, enfoca el objetivo y dispara: ¡el siguiente!
Y ahora, quien tenga una idea peligrosa que aportar, por favor, ilumínenos.
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