Arte gourmet

Hotel Room Edward HopperDespués de la caña que se da el personal y de las que uno se toma, de las tapas con las que algunos tratan de engañarnos y de las raciones que de un tiempo a esta parte se nos atragantan, bien estará ahora abandonarse al placer de la exquisitez. Para esto no hace falta músculo ni dinero. Se trata de darse el capricho de leer un poema y disfrutar de una sensación reconfortante y nueva. Vamos, atrévase. Deguste su ritmo, déjese llevar por la untuosidad de cada verbo, el vigor de cada gerundio, esa melosa textura de sus sustantivos con el punto justo de adjetivación, el estallido inesperado de una preposición, la cocción lenta pero refulgente de una metáfora y el retrogusto de un adverbio solitario como un diamante. Vaya rindiéndose a la propuesta del juego (no deje de jugar nunca, que nadie le prive de ese universo), sienta cómo se eleva esa vela del corazón y respire al compás de su ritmo cardiaco, deje que la sangre vaya inundando su estómago con cada sílaba igual que cuando prueba su copa de brandy preferido (el mío, Peinado, de 20 años). Paladee cada una de ellas, repítalas, cántelas, es música (in-in, son-son, da-da, ble-ble; gus-gus, tren-tren-tren, man-man, sis-sis-sis, bo-bo-bo, etcétera hasta la hartura). Y al fin sumérjase y bucee a través de la transparencia secreta de sus versos como si estuviese nadando en el vientre del origen.

Por ejemplo, pase de 0 a 100 en 2,2 segundos («Tengo un hambre feroz esta mañana. / Voy a empezar contigo el desayuno.») y escuche bien la potencia de su motor («Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, / como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, / obstinada…»). Disfrútelo ahora porque el tiempo pasa («Vive el día de hoy. Captúralo. / No fíes del incierto mañana.»; «…envejecer, morir, / es el único argumento de la obra.»), y porque al fin en esta vida, como en el amor, todos sabemos que «… no existe / lo verdadero sin lo irreparable.»

¡Que el mono me perdone!

Hace unos años (¿diez, quince?), durante un acto en una universidad, dije públicamente que la poesía era para sibaritas. Algunos se echaron las manos a la cabeza y ahí se les han quedado, obsoletas, gangrenadas y con metástasis en el cerebro. Tenían tanta arena de prejuicios que la palabra sibarita les sonaba, pervirtiéndola, a algo sólo al alcance de unos cuantos privilegiados. No es cuestión de reafirmarme. No me va la vida en ello. Sólo hay que asistir a una lectura de poemas de cualquier autor o conocer las ventas de las editoriales. O bien, saber que la poesía sirve para mucho, pero sólo a unos cuantos. Esto no invalida sino que, por el contrario, realza que un buen poema es, todavía hoy, uno de los más bellos e insólitos artefactos que el arte de la poesía puede proporcionar a la historia de todas las artes.

La poesía que llega, noquea, engarza y voltea a un lector nunca es pasado, siempre es presente y futuro. Porque le habla de él mismo, se materializa y se hace real, y porque ya no será el mismo una vez lo haya leído. Y si esto es así es porque la palabra poética es la música que, siendo de la época que sea, atesora el poder de sonar a un mismo tiempo tan clásica como moderna o vanguardista. Cuando el lector se apodera del poema o cuando éste se entrelaza con aquél, surge un poder paroxístico que imprime en la piel del cerebro una mixtura de consuelo, libertad y realismo en el que la inteligencia adquiere otro significado y, sobre todo, otra consciencia, otro mundo, otra forma de entender y comprender la vida: «Quien lo probó lo sabe.» En fin, usted verá lo que se pierde. Yo me voy con mi chica a bebernos un poema entero. Por supuesto, en la oscuridad y en la ausencia de ruidos y trepidaciones. Ya ve. Los sibaritas tenemos estas cosas: ponemos tanta atención en todo lo que hacemos…

N. del A.: los versos son de Horacio, Lope de Vega, Pablo Neruda, Félix Grande, Jaime Gil de Biedma y Luis Alberto de Cuenca. Las últimas palabras les podrán sonar a un par de versos de Ángel González.

 
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