Raciones

Graciosas raciones

Anduve el otro día de farra en compañía de un editor, una librera, un comercial y una autora. Tomamos unos vinos de la casa y una ración de pulpo, otra de calamares y una tercera de bravas. Todo ello convenientemente deshecho, perdón, quiero decir, deconstruído. Así pues, nada barato. Es lo que tiene ir a un gastrobar de copete. Para que ustedes se den cuenta es más o menos lo mismo que proponen algunos asépticos pero aburridos de la enésima nueva oleada de recientes narradores: esto es: deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual. Así pues, nada de pollo al ajillo, que es fritanga y el corral anda revuelto. También el de sus aledaños, me contaron, sobre todo reseñistas lacios con olor a verdín o neorrománticos de barbita hippy (como bien cuenta mi amigo el editor). Yo, por mi parte, oír, ver y callar.

Pero ahora que recuerdo el eco de la conversación, yo diría que el corral anda colapsado. Colapso, sí. Han ingerido tanto y se han pavoneado tanto a cuenta de anticipos, porcentajes abusivos y pingües beneficios que ahora se han dado en los morros y en la frente con todo ese nuevo vocabulario económico que no se puede ni mentar a fuerza de resultar indigesto a los nuevos curitas del lado I o de herir a esos nuevos burgueses (advenedizos otrora proletarios) que ahora pasean a sus vástagos por lo mejor de las portadas chic de las revistas cuché o por los capítulos en las series patrias de TV. De los curitas del lado D, mejor ni hablamos. Y de algunos del Vaticano, ejem, ejem y mano, mano. Ya se sabe, escupes para arriba y te cae el lapo en todo el iris. En fin, nadie tiene la culpa de tener en la congregación a hermanos con las hormonas disparadas. Habrá que joderse.

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¿Escribir es llorar?

Pero a lo que vamos. Extraño es el día que no aparece en cualquier periódico una queja, un ay, un exordio, un análisis o un qué sé yo de los demonios, firmado por alguno de los más arriba citados, invocando la maravilla de la literatura y los libros y, de paso, recordando que quieren ganarse la vida escribiendo novela tras novela. En fin, ya saben, supongo que se acordarán de Larra y los mocos. Es decir, que parece que alguien les está soplando que empiezan a sobrar en el mercado. No digo yo que todos, pero sí bastantes. Debe ser que han vuelto a leerse Don Quijote y ahora echan de menos duelos y quebrantos, lentejas o algún palomino que meterse entre pecho y espalda los días de descanso. Porque de lo contrario no me explico tanta tinta ni tanto repiqueteo en los teclados a no ser que algunos empresarios estén por la labor de apuntalar, por el momento, a tantos descendientes del señor Melville, por citar un ejemplo. Ahora, con la soga al cuello, muchos de ellos van a tener que dejar el momio y volver a sus oficios: profesor, periodista, funcionaria, chapero, psicóloga o portero de discoteca. Sin duda, una muy buena noticia para todo el sector y un magnífico aviso para los navegantes. Porque a lo mejor la teoría de las cajas vacías de Ferlosio pasa a mejor vida durante un decenio, año arriba o abajo, y podemos volver a hojear en las librerías u ojear en archivos pdf algo distinto a lo que hasta el momento nos han ofrecido a mansalva: novelas burocráticas con expedientes x, y y z. Poco más.

Por cierto y pasando la hoja, ¿se han preguntado alguna vez cuántos libros venden las editoriales españolas a las administraciones públicas a costa del erario? ¿Lo han pensado alguna vez? Sería muy didáctico que todos los parlamentos autonómicos y el nacional solicitasen un informe a los respectivos gobiernos para saber cuánto dinero está destinado a sufragar puestos de trabajo en editoriales que editan libros que duermen el sueño de los justos en los resecos o húmedos almacenes de la administración o en los anaqueles de las diversas redes de bibliotecas españolas, la inmensa mayoría de ellos todavía impolutos y vírgenes con su celofán brillante. ¡Qué empacho! Y lo que es peor ¡qué raciones tan caras!

Por mi parte, iba a contarles algo más, pero hoy estoy fragmentario. Así que si quieren que les ofrezca un buen plato de carne o de pescado van a tener que esperar hasta dentro de un par de semanas. Mientras, prueben con unas truchas de río, si las pescan, o con un buen plato de perdiz roja, si la cazan.

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