Tapas

Confiesa Michelle Houellebecq que lo que realmente le ha atrapado, lo que ha constituido su verdadero talón de Aquiles, ha sido el dinero. Y aclara que todo eso le ocurrió en muy breve espacio de tiempo, tras publicar Las partículas elementales. Se percató, prosigue, de la posibilidad de escapar al mundo del trabajo ya que para él, la vida de oficina era «una completa pérdida de tiempo, no era desde el principio sino una fuente alimenticia en estado puro».

No es la primera, ni será la última vez, que un autor hace tales o parecidas afirmaciones. Sólo en España se podría hacer un catálogo de damnificados o postulantes, según, cuya extensión daría la vuelta al mundo un par y media de veces como poco. Por poner algún ejemplo más, si uno lee algunos de los textos que Thomas Bernhard escribió con motivo de los actos de entrega de diversos premios que le concedieron, sabrá que en muchos casos sólo le movía la adquisición de un traje, una casa o un automóvil de lujo, un Triumph Herald pintado de blanco y tapizado en cuero rojo para ser exactos. Es decir, el pensamiento de poder enderezar la vida; es decir, de cobrar por escribir; es decir, de vivir como a uno le apetece. No hay nada punible en estos deseos pues todo el mundo aspira a lo mismo en cualquier otra actividad. El único problema reside en aceptar que en la literatura también existe eso que se llama la ley de la oferta y la demanda, esta máxima de ese mercado cuya omnipresencia pone en duda algún conspicuo circunflejo. Por supuesto, también se ha de saber que no todo lo que viene encuadernado y se pone entre tapas es literatura. Consuélense: incluso puede ser literatura y no ser arte. El arte es otra cosa.

euro 500Y si cuento todo esto es por dos motivos. En primer lugar porque ayer me encontré en la calle a un escritor joven que insistió en invitarme a un café. Me resultó sorprendente que sus primeras palabras estuviesen dedicadas —antes que a hablar de lecturas o de cualquier otro asunto— a ese pantanoso mundo de los derechos de autor, de colaboraciones en revistas y periódicos y de premios y subvenciones. Todavía hay almas inocentes que piensan que los premios son un concurso-oposición y lo que es peor, que los editores y escritores son algo así como sujetos celestes, númenes destinados a alumbrar a la muchedumbre. Digámoslo de una vez por todas: los escritores, así tomados, en general, están sobrevalorados. Como lo están los libreros, críticos, editores y hasta los mismos lectores. Sobra decir que con esos mimbres el café, con mucho gusto, lo pagué yo.

Portada de La Revue des Deux Mondes

En segundo, porque he leído el enésimo artículo sobre internet, los libros y la literatura, en esta ocasión firmado por Andreu Jaume, editor de Lumen. El señor Jaume arrima el ascua a su sardina —¡qué menos!—y trata de descabezar la plaza pública de internet, aunque no ofrezca ni una sola alternativa o solución. Podría observar lo que sucede en el mundo científico y luego contarnos. A lo mejor avanzamos algo. Pero qué curioso, porque este hombre que reclama para sí y los suyos un reconocimiento cultural, una labor excelsa para la sociedad, que no se ve a sí mismo como un auténtico hombre de negocios, busca y encuentra en los propios medios de comunicación ese reconocimiento, ese valor añadido. Como si los medios de comunicación, en asusntos de libros y literatura, vinieran envueltos en paños de santidad y ajenos a los intereses de los grupos empresariales a los que se deben. Y encima lo hace a través de la figura del crítico, al que enaltece y adjudica el papel de abogado del lector. Pues si es así, tengan los señores lectores mucho cuidado con sus bolsillos. Paradójico en todo caso, porque el lugar en donde debía haber buscado el señor Jaume para resultar más creíble, a estas alturas del XXI, hubiese sido, por ejemplo, en los trabajos universitarios. Pero claro, estamos hablando de editores, de personas que, sin ánimo de restar, comen, educan hijos, alquilan o compran casas y de algún lugar tendrán que sacar la pasta, a ser posible al dente. Y un poco más allá de personas que, como usted y yo, también tienen miedo. El mismo que quizá tuvo Cervantes o Blas de Otero, Houellebecq o Bernhard, la carnicera o la cirujana y hasta el finísimo fontanero que ayer me limpió 165 euros por desatascar unas tuberías en un tiempo récord. ¿Pero saben ustedes cuántos libros tiene que vender un escritor o los anticipos que debe cobrar o los artículos que ha de publicar o los encuentros a los que debe asistir para pagar al fontanero, amén de todo lo necesario para vivir? No es miedo. Es pánico. 

Recetas de Tapas

¡Marchando una de croquetas!

No sorprende, entonces, que las huestes se hayan lanzado a la red como zombis a por sangre fresca. Desde luego, no me extrañaría nada que cualquier día de estos pillen a cualquier escritor y lo metan en el trullo por robo a libro armado. Lo extraño es que todavía circulen muy ufanos autores, editores, libreros y toda la fanfarria del libro sin saber por dónde hay que tirar del carro. ¡Ah! y que nadie se equivoque. La poesía no desaparece ni se devuelven inmaculados los ejemplares de la librería a sus editores porque exista internet. Si alguna vez la poesía desaparece los únicos responsables serán los poetas. No se llenen de pesadumbre. Hay un montón de especies que han desaparecido y no por ello el mundo han dejado de ser igual de inextricable y bello. Espero que siempre exista alguien que de buena cuenta de esto. A ser posible, por escrito. Aunque sólo sea en internet. En fin, que cada cual se aplique el cuento y una tapa de croquetas que hoy paga mi editor.

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Un pensamiento en “Tapas

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