Cañas

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The wire

España está constipada y cientos de miles de sus hijos empiezan a tener décimas de fiebre. Supongo, y sobre todo deseo, que en un futuro muy cercano los pacientes puedan volver a sus quehaceres. Pero mientras tanto, no parece que algunas de nuestras inteligencias más ínclitas vayan a aportar algo al entendimiento común para volver a salir a flote. Tenía razón Isaac Asimov cuando afirmaba que El aspecto más triste de la vida actual es que la ciencia gana en conocimiento más rápidamente que la sociedad en sabiduría. No hay más que leer el vuelo bajo que ha alcanzado el intercambio de artículos poco afortunados —artículo de Rodríguez Ibarra, contestación de Muñoz Molina, réplica de Rodríguez Ibarra, carta al director de Muñoz Molina— entre Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura, y el novelista Antonio Muñoz Molina, a cuenta del derecho de autor y propiedad intelectual así como los nuevos ámbitos de relación entre los consumidores y los creadores. Un debate que a la postre ha devenido en insulto entre los contendientes. Así, mientras el escritor da por sentado que el otro cobra unos emolumentos que no percibe, el otro introduce el dedo en la llaga de los herederos. Creía que en la España más avanzada había una regla de oro no escrita según la cual en todo debate público, sereno y bienintencionado, el insulto quedaba proscrito y la navaja en el cajón. En su descarga no se puede alegar que hayan perdido los papeles: a la vista de sus argumentos sólo se puede decir que, al menos en este asunto, todavía no los tienen. Un asunto muy edificante. Sí, señor. Caña de España.

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Duelo a garrotazos Francisco de Goya

La verdad es que he sentido vergüenza ajena y creo que este asunto es un síntoma más de este país enfebrecido que hace sentir a sus ciudadanos esa cosa grumosa, un poco triste y asquerosita que se llama desinterés o abandono.

Portada de Las variaciones goldberg, de J.S.Bach

Al tiempo, mientras en nuestra piel de toro se suceden estas riñas mediocres, me resulta deslumbrante saber que puedo adquirir en el mercado un buen montón de maquinaria ligera, cada día más y mejor, y disfrutar de The wire, mi serie de TV favorita, leer alguno de esos cientos de excelentes libros que han pasado inadvertidos para los medios, la crítica, las mesas y los escaparates de las librerías o escuchar a Bach, Beethoven o Mertens mientras me bebo un fino La Ina y me zampo unos mejillones de Ramón Peña. Por supuesto, todo ello pagando con placer un precio asequible y justo por cada producto sin sentir que alguien atendiendo a sus intereses, por muy liberal o muy progresista que sea, me está estafando.

¡Ah, la sensación de estafa! Aquí nos han tocado el alma. Yo, cada vez que leo los recibos del banco, cuando salgo del supermercado o tras leer un libro —comprado en la librería— o ver una película —en el cine— por no decir ya tras hablar con un político o hablar con un representante sindical, me siento la mayoría de las veces rotundamente estafado. La lista es larga y puede usted ampliarla a discreción. El colmo era el de un amigo mío que se sentía estafado cada vez que echaba un polvo y no precisamente en casa alguna de lenocinio. Tal vez albergó la idea de que el placer consentido y compartido le iba a salir gratis y, al fin, le salía por un riñón y la mitad del otro. Y es que gratis, lo que se dice gratis total, apenas queda ya nada en este mundo. Ya, ya sé que habría que definir mejor este sentimiento de estafa, pero convendrán conmigo que acaba por arrojar sobre el alma profunda de nuestros sagrados monederos una sombra áspera de desconfianza. Como poco.

CervezaEn fin, aspiro a que antes de morir pueda pagar a cada cual lo suyo: el Ipad, esa tableta de Apple y otros cacharritos muy monos, versátiles y útiles están al caer. Han venido para quedarse y también para cobrarnos. A ver cuánto tiempo tardan en abrir sus bocas nuestras ilustres lumbreras para mostrarnos el camino.

Por mi parte y con su permiso, me voy a tomar unas cañas —pagando, por supuesto— con unos amigos que no piensan igual que yo: no vean cuánto aprendo y cómo les disfruto. Nunca me defraudan. Y encima ni siquiera nos insultamos.

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Un pensamiento en “Cañas

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