La huella del ángel

La autora canadiense Nancy Huston

La casualidad ha querido que durante los últimos días del año pasado y los primeros de 2010 haya terminado de leer la novela La huella del ángel de Nancy Huston. Casualidad porque la ambientación de la novela —París entre 1957 y 1964—, coincide con los últimos tres años de vida de Albert Camus y al mismo se le menciona al menos en un par de ocasiones. Y como todo el mundo ya sabe a estas alturas —todo el mundo me parece una exageración de tomo y lomo—, el pasado 4 de enero se han cumplido 50 años de la muerte del escritor francés.

Desde ese día no ha habido periódico o revista, digital o impresa, que no haya dedicado algunas de sus páginas a Albert Camus. Yo mismo he contribuido, aquí y allá, con un puñado de párrafos seccionados y breves a la efeméride. De entre los artículos que he podido leer, los que más me han gustado han sido aquellos que se interpelan por la permanencia o validez de su obra en la actualidad. A buen seguro la pregunta es muy pertinaz, pero su respuesta es desalentadora. No por las opiniones y argumentos que refieren e ilustran sus más provectos defensores, sino porque una mirada a la actualidad acaba por desbaratar sus buenas intenciones.

El Panteón en París

Con todo, no he leído ninguno que ahonde en las influencias literarias o filosóficas que las lecturas de Albert Camus han dejado en la creación de otros autores. Esto me da mala espina y ya supongo que, aparte de las celebraciones, elogios y estudios que le dispensarán en Francia, en departamentos universitarios y en las aulas de la Alianza Francesa, no quedará de él mucho más que el polvo del traslado de su tumba a esa nueva ubicación en el Panteón de Hombres Ilustres. Perdonen si les molesto. No trato de provocar ni de mostrar ignorancia, pero me temo que lo que nos va quedando de la celebración de la obra de tantos hombres y mujeres no es sino una propensión insulsa al cotilleo y, en los casos más elevados, alguna tesis, biografía o biopic sin la mayor trascendencia.

Tal vez ocurra que la gente por derecho o bastarda del mundo de las letras se sienta en demasiadas ocasiones sofocada y abrumada por el recuerdo y la consiguiente necesidad de evacuar su peso, ese peso que Nancy Huston denomina la insoportable fragilidad del momento, algo que por otra parte tanto suena a la kunderiana insoportable levedad del ser.

Portada de La huella del ángel

Sea como fuere, y más que nunca si no desean caer enfermos aquejados por ese virus repleto de melancólica vanidad, les recomiendo, pero sólo si no tienen otra cosa mejor que hacer, que lean La huella del ángel: sencilla pero evocadora historia en donde se ensamblan —a veces con un lenguaje irónico y otras deliberadamente poético pero siempre natural y alejado de innecesarios artificios—, los peores recuerdos de la II Guerra Mundial con las atrocidades de la Guerra de la Independencia de Argelia, el peso indolente de un cuerpo con un futuro sin nombre y la inocencia de la vida con la huella del ángel.

En fin, acaba de empezar el año 1960, hace frío y nieva con virulencia, y mientras en el sótano de una comisaría de París un policía alimentado de furia martillea y machaca una a una todas las articulaciones del pie delicado de algún miembro del FLN o de cualquier argelino del barrio de Nanterre o Gennevilliers, Albert Camus, un hijo de pieds noirs con su premio Nobel todavía reluciente, está escribiendo sobre su infancia en Argelia, ajeno a la inmediatez de un accidente en la Borgoña que acabará con su vida. El resto, ya lo saben, es literatura.

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