Bucles

El lunes pasado, aprovechando la típica ciclotimia festiva (y anarquista) de este país, me ofrecí un reconfortante paseo por la ciudad. Luego estuve un buen rato en la librería El Gatopardo. Sentado alrededor de esas mínimas mesas me tomé un libro coeditado por Edicions de la Central y Sexto Piso y titulado La Librería de los Escritores (que me había recomendado la librera Conchita Quirós: gracias mil) al tiempo que me leía un café solo. Satisfecho y agradecido —con el lugar, la lectura y el café—, salí y justo en frente me detuve a mirar la cartelera de los cines Golem. Por lo que vi, debía elegir entre In the loop o Still walking. Me decidí por la primera. Pero no voy a elogiar aquí lo que ya se ha elogiado en varios festivales de cine. Un guión excelente y una interpretación soberbia con una dirección notable y vertiginosa. Al fin, sonrisas, risas, carcajadas y sobre todo una explosión feliz de todas las neuronas de mi cabeza. No es que In the loop (En el bucle), del director Armando Iannucci, sea sólo una buena película, que lo es. Es que resulta indispensable tanto para convencer a los incrédulos como para solazar a los librepensadores de la cantidad de gilipollas que habita el territorio de la política. Ya, ya sé que usted ya lo sabe. Yo no doy consejos jamás y no hago recomendaciones ni a mi padre, pero en esta ocasión si usted se pierde esta película se estará perdiendo una hora y media de conexión directa entre lo más excelso de su propia inteligencia y la más desternillante sátira de la política actual. Todo sea dicho de paso: también es una película sobre el lenguaje, sobre lo que se dice cuando se habla, sobre la confianza, sobre los medios para conseguir los fines, sobre las justificaciones patéticas, ridículas e inverosímiles cuando un hombre es pillado por su mujer y sobre la amargura de una mujer cuando ni siquiera su vida laboral sirve para solventar su fracaso personal, sobre la humillación y sobre… sobre nuestro mundo.

Después de verla usted interpretará mejor noticias tales como que la información del espionaje británico de que Sadam Husein podía lanzar un ataque químico en menos de 45 minutos se obtuvo a través de un taxista que se lo oyó a dos militares iraquíes. La información en los medios se adulteró y se hizo “más sexy” por mor del guión político, of course. También de cómo el gobierno marroquí es capaz de jugar con los responsables de las instituciones españolas o de por qué, pongamos un ejemplo ficticio, un premio de arquitectura para primeros proyectos arquitectónicos, con una tradición de 30 años y un prestigio más o menos solvente y convocado por el ayuntamiento de su ciudad, es de improviso borrado del mapa no sólo debido al consentimiento de un alcalde viejo y apurado o por el silencio pusilánime del concejal de urbanismo de turno, sino por el aliento de los intereses bastardos de la viudita de un teórico de la arquitectura.

Cartel de In the loop

La conclusión no es nada edificante: el territorio de la política está superpoblada por seres (jóvenes y maduros) que viven en una burbuja ajena a la realidad ciudadana. Sus decisiones no están motivadas por el interés común, sino por los intereses de sus respectivas carreras que sólo a veces coinciden con el bien y el interés común. A este respecto quedan pocas esperanzas. Ellos mismos se encargan de educar a sus hijos para que en el futuro hagan “carrera” en la política.

Y de los medios de comunicación, mejor ni hablar. Porque tampoco salen muy bien parados de la sátira de In the loop. En fin, no se la pierdan. Sus neuronas se lo agradecerán.

Por cierto, La Librería de los Escritores es un pequeño tesoro que guarda entre sus páginas la certidumbre, el esplendor y el ocaso heroico de un oficio, el de librero, durante la Revolución soviética. Sus páginas están llenas de bibliófilos, bibliógrafos, artistas  y escritores, así como de referencias bibliográficas. Transcribo a continuación las palabras de su autor Mijaíl Osorguín.

Portada de La Librería de los Escritores

Con todo el derecho del mundo escribo ese nombre con mayúsculas. La Librería de los Escritores fue, quizá, la única institución cultural y comercial en Rusia que conservó su independencia moral y material a lo largo de los terribles años de caos, terror y hundimiento de los valores espirituales. Fundada en septiembre de 1918, La Librería existió hasta 1922, cuando perdió gran parte de su razón de ser ya que, debido al florecimiento de la Nueva Política Económica, instaurada por Lenin en 1922, los impuestos se volvieron insoportables.

Además, Osorguín relata de forma grata y sencilla (la traducción es de Selma Ancira) cómo nació la idea, qué libros conseguían, cómo se hacían con ellos, cómo los guardaban, cómo circulaban y cómo los vendían (todo un pequeño gran tratado de economía de subsistencia y sostenible de verdad).

Por último, el libro cuenta con unas ilustraciones de Alexéi Rémizov y unos poemas de Marina Tsvietáieva. Y es que en aquellos años faltos de novedades, La Librería también hizo de editorial y publicó pequeñas tiradas de autores como Rémizov y Tsvietáieva.

En fin, un lunes para recordar.

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