Maravillosa criatura.

El pasado viernes estuve escuchando en el Aula de las Metáforas “Fernando Beltrán” a Mercedes Díaz Villarías (por cierto, qué satisfacción y alegría me ha proporcionado saber que Fernando Beltrán hará una lectura poética el próximo día 8 de diciembre en la Universidad Central de Nueva Delhi).

La conferencia de Mercedes Díaz Villarías —titulada Poesía y zapping: nuevos formatos performativos y enmarcada en el ciclo Poesía y…—, además de su instructiva exposición aderezada por una muestra sugerente de imágenes, incluido el video final titulado Mi hermano, estuvo plagada de entretenidos y variopintos cuadernos de arte y poesía y también de blogs. Esto me hizo recordar los cuadernos de notas que casi siempre me acompañan en el bolsillo de mi chaqueta: anotaciones, ocurrencias, listas, referencias, descripciones, números de teléfonos, direcciones, correos, billetes, títulos de libros, canciones y películas o confesiones interruptus, versos huérfanos y poéticas inacabadas, en fin, pequeñas y grandes tonterías que forman parte de un mundo que, dicho sea de paso, no tiene mayor interés salvo para mí mismo y mi propia gente.

<em>Casa de Casanova en Venecia</em>

Casa de Casanova en Venecia. Foto: C. Mongui.

Por otro lado, yo nunca fui de diarios, ni íntimos ni de viaje, ni públicos ni privados, pero sí de paginas tantas en donde escribir anotaciones a pie de calle, sobre la mesa de un café o de impresiones viajeras a la sombra de un descanso o un retraso en una estación. Así, sin más: fotogramas compuestos a vuela pluma con palabras destinadas a capturar instantes, reflexiones o emociones. Igual daba unas líneas sobre Giacomo Casanova frente a la casa que habitó en Venecia, que unas palabras sobrantes sobre Pablo Picasso en el bulevar Haussmann. Ahora bien, mi carácter hedonista me ha prohibido ir al más allá para relacionarme con artistas del pasado y mucho menos hacerme el fantasma y pensar que estoy con amigos llamados Mozart o Chopin, Matahari o Baudelaire, Rosa o Karl Marx. No me lo tomen a mal, porque yo puedo ser cualquier cosa, y en ocasiones se me ha ido la cabeza como a todo hijo de vecino, pero nunca me he dejado llevar por la cuesta de la bilis negra hasta acabar convertido en un majadero contumaz. Y es que algunos cuando reposan sus posaderas en el Caffe Florian ya piensan que se ponen en comunicación con Stendhal. Y si por casualidad o por expreso deseo se alojan en el Pera Palace afirman sin rubor que han cenado con Agatha Christie. Supongo que sólo es un ejemplo de teletransportación humana. Y también supongo que para eso hará falta que a uno le inserten e instalen, por este orden, un chip en donde don Francisco de Quevedo halló tanta excelencia sinónima. Ocurre que hasta el momento la teletransportación sólo funciona con los Pokémon y, además, choca de plano con el principio de incertidumbre. A no ser, claro, que uno sea el primo cacereño del señor Spock. Así es la vida. Ahora, del diálogo con los clásicos y los maestros a través de la lectura de sus obras se ha pasado directamente a la amistad con ellos a través del posicionamiento del viaje global. Y es que ya me lo estoy viendo venir. Cualquier día de estos me encuentro a quien sea afirmando que ayer se dio un revolcón con Homero o con Wilde, con Jaime o con Federico. Cualquier cosa con tal de no aceptar con normalidad que una calle es una calle, una casa es una casa y un sillón es un sillón, por muy Voltaire que sea. Y en definitiva, que un libro es un libro y en sí mismo eso ya es un lujo. O bien, léase que los hombres mueren y las obras quedan, tal y como reflejó, entre tantos otros, Luis Landero en Juegos de la edad tardía.

El pecho Fotografía de Sophie Calle, 2001.

Pero volvamos a la intervención de Mercedes Díaz Villarías, una multifacética JASP, profesionalmente dedicada con éxito al branding. Porque, contra las acostumbradas imposturas contemporáneas, si su exposición me gustó fue porque al final —además de las referencias al movimiento dadaísta, a Al Hansen, a Sophie Calle y Miranda Jully, la autoficción o el OULIPO (el ya conocido Taller de literatura potencial)—, mostró abiertamente sus cartas en un juego en el que al menos ella no ha caído en la tentación de hacernos trampas. Para eso, le faltó decir, ya están los que se teletransportan.

Mi mujer, que últimamente anda al quite, me dice que ella también escribe en mis cuadernos de notas. Es cierto: cuando vamos de viaje siempre acaba por colarse como una intrusa y en cuanto me descuido anota alguna cita literaria. Tiene una memoria prodigiosa. Un verdadero peligro. La última decía: “y así andaban, atrayéndose y rechazándose como es preciso para que el amor no acabe convirtiéndose en un cromo o en una romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra…”. Maravillosa criatura.

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