Sexo, erotismo y obras maestras.

<em>Wolfman (Close-up), 1991</em>, de Jeff Koons.

Wolfman (Close-up), 1991, de Jeff Koons.

¿Qué diferencia existe entre un cuerpo desnudo y un cuerpo desvestido? No es una pregunta retórica, pero tampoco voy a responder ahora. Lamento decepcionarles tan pronto, aunque pienso que merece la pena que sigan leyendo. La exposición Las lágrimas de Eros no trata de responder tampoco a esta pregunta, pero cualquier espectador que la visite acabará por preguntarse algo parecido ante alguno de los cuadros de la exposición y tal vez, en su concupiscencia más secreta, por excitarse y sentirse incluso un poco incómodo. Pero no piense nadie que esta exposición es novedosa. Ni siquiera piensen que la que se realizó en el Barbican Art Gallery de Londres y titulada Seduced: Art and Sex from Antiquity to Now, desde octubre de 2007 a junio de 2008, lo era. Si alguien asistió a ésta, encontrará en la madrileña del Museo Thyssen-Bornemisza autores coincidentes. Pero además, existen referencias en diversas ciudades europeas desde inicios del siglo pasado. Barcelona, en el año 1933, es una de ellas: Exposició del Nu.

Es evidente que en todas aparecen desnudos de hombres. Pero lo es más que el cuerpo desnudo de una mujer ha sido, desde las épocas más antiguas hasta las más actuales del arte, el sujeto que ha representado la belleza por antonomasia. Lo que no está tan claro es la multiplicidad de significados que su representación ha suscitado tanto entre los espectadores como entre los propios artistas. De ahí que este tipo de exposiciones resulten interesantes en función de la perspectiva que adopten. En la londinense se trataba del sexo a través del arte, en la madrileña de la relación entre Eros y Tánatos. Pero el punto en común es la mujer desnuda o desvestida. Y lógicamente toda exposición que se precie tendrá que observar la presencia poderosa de artistas del siglo XIX. No en vano el desnudo se asocia con la sinceridad que reclaman los movimientos más modernos de esa centuria ante el cuestionamiento del sentido del término “civilización”. A este respecto observemos las palabras de Zola cuando dice que «fue precisa la idea cristiana de la indignidad del cuerpo para convertir en vergonzoso el cuerpo y colocar la perfección moral en la castidad».

<em>La tentación de san Antonio</em> de P. Cèzanne. 1877

La tentación de san Antonio de P. Cèzanne. 1877

Y dentro de esa variedad de significados podemos aludir a diversas relaciones ya sea con la belleza o con el sentido de la verdad y lo absoluto, con la forma o con el deseo y hasta el poder. Mézclese bien todo ello y obtendrán un cóctel en el que verán pasar por su cabeza toda la historia del arte y en alguna ocasión hasta lo mejor de la misma.

<em>Lady Godiva</em>, de John Collier. ca 1897.

Lady Godiva, de John Collier. ca 1897.

Pero, además, habrá quienes adviertan que no hay nada tras un desnudo. Es probable. Sin embargo, el simple hecho de contemplarlo conlleva a un tiempo el hecho de contemplar un ocultamiento. Es ahí en donde radica un punto de incertidumbre, pues es en la visión del voyeur, de aquel Peeping Tom de Lady Godiva, de nuestro mirón, en donde se complace el verdadero erotismo. Y añádase que esa visión del desnudo, expresión máxima de la belleza para la tradición griega que han heredado de una u otra forma todos los artistas contemporáneos, implica por lo general un atractivo sexual que encierra la imposibilidad de consumar el deseo que provoca. ¿Paradójico? Nada mejor para responderse cada cual que detenerse ante un desnudo de su gusto y observarse en el espejo, el mismo que les muestra Gustave Klimt en Nuda Veritas. Después, ya me contarán.

</em>Nuda veritas</em> de G. Klimt, 1899.

Nuda veritas de G. Klimt, 1899.

Y es que el desnudo nunca termina en la piel, sino que siempre está comenzando en los ojos de quien mira. George Bataille, autor de quien los autores de la exposición madrileña han recogido el título Las lágrimas de Eros, escribió que la misma desnudez […] es también una de las formas dulcificadas que anuncian sin desvelarlos los contenidos viscosos que nos horrorizan y nos seducen.

Al fin y al cabo, los jueces absolvieron a Friné sólo cuando Hipérides rasgó la túnica para mostrarnos la inmensidad de la belleza de la sacerdotisa de Venus. Por cierto, la mano de Friné no oculta su sexo, sino su rostro, expresión de un pudor muy engañoso, pues más significa un deseo masculino por mirar  que una defensa femenina por ser observada.

Caballeros, desengáñense. Las mujeres siguen teniendo el poder, desde el origen del mundo. Es cierto que confrontamos con ellas cada vez que podemos, pero por el momento vamos perdiendo. Consolémonos, pues, disfrutándolas: sus poses, su vello, su espalda, sus pliegues, sus pechos, su trasero…, todo ese estado tan puro y a la vez lascivo de nuestra propia imaginación. Y no se culpen: no es en la mirada, sino en la interpretación donde se diluye la inocencia.

<em>Friné ante el aerópago</em>, de J-L Gérôme. 1861

Friné ante el aerópago, de J-L Gérôme. 1861

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