3ª ENDIVIA. Juanjo Barral: el viajero que llegó del norte.

Juanjo Barral. Foto: L. González.

Juanjo Barral. Foto: L. González.

Algunas veces le veo caminando por las calles de esta ciudad y siempre me ocurre lo mismo: pienso que se trata de algún viajero del norte que ha recalado por estos pagos debido a algún suceso inesperado. Su figura corresponde con el molde de muchos ciudadanos centroeuropeos: alto y de ojos azules. Sin embargo, camina como un navajo atento a sus lugares sagrados, tan curioso y atento como ensimismado: en ocasiones alma interior día, en otras espíritu exterior noche. Alegre o melancólico, no sé. Con un punto de extrañeza y medio de sorpresa, una pizca de ironía y otra de distancia, pero siempre sagaz, desopilante y tierno. Pero entonces, ¿de dónde vendrá? Si tuviera que elegir, diría que viene de Ámsterdam, aunque no descartaría Londres. Con todo, este hombre adicto a su gente y su tierra, pero sin fronteras, cuenta con la ventaja de que su cabeza lleva por lo menos veinte años de adelanto respecto a la de la mayoría de sus conciudadanos. Sorprende pues, sobre todo a quien no le conozca, que este tipo se llame Juanjo Barral y que viva y habite —no siempre del todo descontento— en Oviedo.

Le conocí, creo recordar, en 1993, durante una reunión de escritores y otros bichos afines cuya finalidad era recaudar fondos para enviar a Bosnia-Herzegovina. Luego nos hemos visto muchas veces, sobre todo en esos bolos y saraos nocturnos que cada vez son menos y en jornadas y encuentros a los que nunca ha dejado de llevar sus cromos para intercambiar (la mayoría de las veces para regalar) con los demás.

Su arrogante humildad es tal que parece estuviera en consonancia con su generosidad y ésta con la claridad de sus ideas: desde hace años eligió y acertó a ser un escritor de otra manera. Una elección arriesgada pero honrada que por el momento le ha costado  la invisibilidad y el desprecio de los de siempre: ya saben, la ignorancia. Desconozco si a cambio cuenta con un chaleco de autoestima a prueba de imbecilidad literaria y humana, pero les confirmo que somos legión sus amigos y lectores. Y no siempre es porque nos guste todo su quehacer literario, que ya es mucho, variado y expresado a través de una prosa y unos versos endiabladamente rápidos y certeros, repletos de esquinas y matices que revelan una mirada que vive, sobre todo, en el día a día. La reflexión suele venir en la distancia corta, cuando menos te lo esperas, de un directo a la mandíbula o al estómago, y no todos salimos bien parados: Barral sabe que el ser humano es un animal, que el mundo apesta y que el arte vanitas vanitatum. Pero nunca olvida que ama la vida, el mundo y el arte. Por eso puede crear. Y si es así y si cuenta con una peña sólida y heterodoxa es porque estamos ante un tipo al que se le puede hincar el diente, que se le puede probar como quien prueba un currusco de pan con azúcar y aceite y comerle de un bocado un trozo de su corazón desprendido. No tengan miedo. Sabe a música y cerveza, a océano y pasteles, a luz y certidumbre. Y, pop supuesto, es un tipo que, como sucede con las mejores cosas de este mundo, no tiene remedio. Bendito sea.

Juanjo Barral2Pero si lo expongo en esta tercera Endivia sana no es por sus éxitos o por sus fracasos, sino por un poema que me hubiese gustado escribir a mí. Por fortuna para todos lo escribió él y salió una inmensidad. Quizá desde un punto de vista académico no sea su mejor poema, pero a mis ojos reúne tanta sabiduría y sencillez que su longitud vital permanece y me estremece cada vez que lo leo.

 Se lo leí a mi madre cuando estaba viva. Se lo leí cuando la enterré. Vuelvo a leerlo ahora y mi garganta es precipicio.

Quizás algún día, cuando vuelva a verlo por la calle con sus cananas y sus libros bajo el brazo, no me ocurra lo de siempre y piense que en realidad se trata de otro Ulises ya de vuelta, después de superar las olas, los latidos y las cornadas que da la vida. Tal vez entonces me atreva a importunar el paso de su mirada y preguntarle: «¿Qué hay de nuevo, viejo? ¿Todo ba vien? Con él les dejo.

MADRE

Ya quisiera este poema estar a la altura
de tus circunstancias, de los versos que escribe tu paso
a cada vida.
Ya me gustaría poder abrazarte con estos versos como tú lo hiciste
                conmigo desde siempre
hasta ayer,
hasta mañana, mamá.
Te quiero. 

De Teoría de la relatividad, Editorial Renacimiento. Sevilla, 2002.

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