Una isla casi perfecta.

En los inicios de esta impar orgía literaria actual, cada día necesito más de la recomendación de críticos cercanos, bienintencionados, y de amigos y familiares que me ayuden a no desperdiciar las horas con obras ajenas a mi aprecio. Por eso agradecí  la invitación de uno de ellos, ávido y envidiable lector, que hace unas semanas me recomendó La isla, de Giani Stuparich, publicado por la Editorial Minúscula el año pasado.
Como quiera que son muchas las firmas —entre las que destaca el tan valorado Enrique Vila Matas— que han tildado la obra como perfecta cuando no como maestra, me concedí unos días para pensar y valorar tales afirmaciones, contemplando siempre que mi opinión sólo manifestaría la apreciación y el gusto de un lector de paso.
A partir de un tema clásico, el encuentro, con un subtema ya fecundo en la literatura, la enfermedad, Stuparich logra convertir la narración en un diamante con sus lógicas impurezas, cuyo brillo acercará a los más cautos e incendiará las emociones de los desprevenidos. Y si lo logra es, en muy buena parte, porque tiene el acierto de aplicar un estilo transparente y diáfano, alejado por igual del simplismo como de la presuntuosidad, sólo en apariencia sencillo y luminoso como en un cuadro de Sorolla.

<em>La isla</em>, de G. Stuparich

La isla, de G. Stuparich

Desde estas consideraciones, mi opinión es que estamos ante un relato que atesora muchos quilates, finamente estructurado, con notables descripciones ambientales y excelentemente acabado. Una joya, sin lugar a dudas.
Además, La isla establece dos territorios o niveles de encuentro. El encuentro como diálogo y el encuentro como meditación. En el primero, la conversación y las palabras se manifiestan insuficientes para decir lo que se siente. En el segundo, los pensamientos, la reflexión y los puntos de vista son fronteras que se alzan inexpugnables para lograr el acercamiento entre el padre y el hijo.
Pero tal vez cuando más acierta Giani Stuparich, y acierta mucho, es cuando se acerca, sin llegar a tocarlo, a un tono trágico:
«¿Por qué en aquel estado de levedad y armonía, cuando su padre y él se habían encontrado en la roca, una ola más fuerte no se los había llevado de allí y los había sumergido? El final habría venido como una gracia violenta, ahorrándoles el ir hundiéndose lentamente entre ilusorios restablecimientos y humillantes abandonos.
No se rebelaba ante la fatalidad de la muerte; se rebelaba ante la trágica lucha de un organismo robusto y sano contra un mal insidioso y cruel».
Y más adelante, sugiere de forma inapelable:
«Sin embargo, tal vez quien combate no tenga una conciencia plena de la inevitable derrota y pueda resistir y recobrar el aliento para luchar todavía. Pero quien asiste impotente a la trágica lucha, y tiene en sus venas la misma sangre que la víctima, sufre con un horror reprimido y todos sus minutos están envenenados».
Para concluir:
«Pero otro fantasma vino a turbarle el curso de sus pensamientos. Bajo aquella luz despiadada ya no andaban dos hombres por su camino, sino dos payasos. Un muerto y un vivo se hacían compañía en una bufonesca alianza, disfrazados del mismo modo, departiendo alegremente y haciendo resonar de vez en cuando a falta de argumentos los cascabeles del gorro y de las mangas».
 Por el contrario, más pareciera que La isla, a vista de los ojos actuales, se tratase solamente del quiero y no puedo de un padre al borde de la muerte y de un hijo compasivo y bondadoso pero con escasos recursos y habilidades. Por eso, a esta isla le falta —y lo digo desde la humildad y la admiración a la obra y al autor—, la tensión que aportaría el reproche, el clímax que daría la existencia de un sentimiento repleto de matices como sería la culpa, así como la humanidad que concedería un choque moral.
Por lo demás, adviértase de la sobresaliente descripción en el juego de luces, del cromatismo del amanecer, del atardecer y de la noche, de los recursos pictóricos y de todos los elementos y técnicas que se desee… pero no sé. Aunque reconocible e interiorizada, La isla no termina de temblar, a pesar de que el azul del cielo haga vibrar las escamas del mar… y de la vida, fugitiva siempre.
Giani Stuparich. Foto de "El País".

Giani Stuparich. Foto de "El País".

Es cierto que la narración exuda una visión optimista y heroica. Pero también que la concepción de  los personajes centrales y el tratamiento de la enfermedad coadyuvan a una lectura sin heridas ni cuchillos. Y es precisamente este tratamiento el que termina por condicionar, y a veces lastrar, el núcleo central, la línea de flotación de este relato. Y es que se echa en falta una mayor fortaleza argumental, una mayor agudeza en la mirada y una hondura en las posibilidades de la relación paterno-filial, aunque sólo fuese por el choque generacional. No se puede encomendar todo o demasiado a las virtudes narrativas que se derivan del uso del silencio o la elipsis, so pena de que el lector aprecie que las sugerencias aportadas acaben por frisar sensaciones superficiales. Muchos lectores podrán, además, vislumbrar las necesarias, interesantes e inevitables aristas y tensiones que toda relación entre padre e hijo puede deparar una obra literaria. Pero sólo eso, porque la realidad es que ningún párrafo de La isla se adentra con nitidez en esos laberintos.

¿Cómo valorar, pues, este libro cuyo tema es el encuentro entre un padre y un hijo y cuyo argumento consiste en la estancia en una isla donde visitarán geografías físicas y emocionales de sus correspondientes pasados hasta comprender qué es lo que se gana y lo que se pierde?
Claudio Magris, en el posfacio da de lleno en la diana: «Como ha escrito Elvio Guagnini, La isla representa una de la cimas de la obra de Giani Stuparich, y no sólo de su obra, sino de la literatura europea de aquellos años.»
No es, por tanto, que la obra maestra y la perfección queden muy lejos. Ocurre que Stuparich llega en algunos párrafos a rozar las alturas de la maestría y la perfección, pero las más de las veces se queda en la cima. Por supuesto, alcanzar la cima ya es mucho y es sobresaliente, pero de ahí a considerar La isla como una obra maestra media aproximadamente la misma distancia y fortuna que hay entre un buen poema de una inestimable legión de autores y un poema magistral de Quevedo, Machado, Vallejo, Jiménez o Neruda. Porque una de dos, o abrimos todas las puertas o conviene ir cerrando las puertas falsas.
Permítaseme un último apunte para agradecer la traducción de J. Á. González Sainz, que propicia una lectura de esta obra sin sobresaltos, con frases o giros ininteligibles.

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