La mala suerte.

Descanso de Sísifo, de Emilio Velilla. Bronce a la cera perdida, 2001.
Descanso de Sísifo, de Emilio Velilla. Bronce, 2001.

El infortunio no suele presentarse solo. Acostumbra a llegar acompañado de víctimas y culpables y cuando no, como en Desgracia de J. M. Coetzee, de víctimas a secas. O mejor dicho, de humanos a duras penas. También hay culpables que se vuelven víctimas de su propia culpa: por la mala suerte, por un error, por ese lo que sea que no es otra cosa que la fatalidad. Albert Camus supo y narró con brevedad y excelencia sobre estos caminos y otras caídas. Y, entre tantos y tantos otros de aquí y de allá, Robert Musil y Heinrich Böll nos retrataron personajes enfrentados a desgracias cuyos universos morales no encontraban cobijo en aquellos admitidos por la sociedad y sus coros privados. Universos con valores hoy enterrados a tres o cuatro metros bajo los pies de nuestras almas desahogadas, como la lealtad, la honradez y el orgullo y que conforman esa varita que es la rectitud. Una varita que hoy nos avergüenza llevar por delante y bien aferrada entre las manos. Falta de coraje, sin duda, pues es más fácil tener a mano un culpable mayor, discreto y difuminado, al que trasladar todas nuestras carencias y al que en un sutil eufemismo hemos dado en llamar sistema.

Pero volvamos a los protagonistas. Porque la realidad es que ni una sola página de la mejor literatura puede borrar el vertiginoso y hondo agujero sin fondo que nos taladra cuando somos nosotros las víctimas. Entonces no hay consuelo: no existe justicia ni dinero ni arte ni música ni Cristo que lo fundó para aplacar tanta desventura. Y sin embargo, algunas víctimas —y como dije más arriba, algunos pocos culpables que acaban convirtiéndose en víctimas—, saben que para seguir viviendo sólo les queda sublevarse contra la mala suerte y arrostrar su sufrimiento, su pena y su castigo y aguardar un rayo de esperanza. Es algo que el astuto y ciego Sísifo, cada vez que soltaba la pesada piedra en la cima de la montaña, ya sospechaba. Ya sé que un rayo de esperanza no es mucho y nadie en su sano juicio se conformaría con eso, pero es mucho mejor que nada y para cada víctima esa esperanza representa el único asidero para llegar a la bendición del sosiego, la celebración de la calma y el horizonte erguido de la tranquilidad.

Sólo espero que a Mohamed, ese joven a quien la vida y el sistema le han golpeado tanto y tan fuerte con la muerte de su mujer Dalilah y de su hijo Ryan, nada vuelva a nublarle el corazón. Porque lo más difícil llega ahora: tirar la piedra, pasar el duelo, rebajar la intensidad de la pena, barrer la tristeza y los rescoldos de culpa y, después, al fin, vivir, aunque sea de milagro.

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