Estos (y aquellos) días de verano.

Para mí que este sábado pasado el verano entró por la ventana. Lo noté por unos rayos de sol que al atardecer cruzaron el salón de oeste a este, sólidos e imponentes cual vigas maestras y tan sabrosos que daban ganas de ponerse ahí mismo a chuparlos como si fuesen tronquitos de regaliz recién robados a la tierra. Hasta la casa, acostumbrada a esta pertinaz umbría norteña, se despertó distinta esta mañana, vestida con tantos colores que cada estancia era una fiesta.

Atardecer en Isla Cristina

Atardecer en Isla Cristina

El hecho es que me encanta el verano. Supongo que mucha parte de esta querencia tendrá que ver con una infancia y primera juventud vivida en el sur, pasando largos veraneos que iban desde el día siguiente del fin de curso hasta pocos días antes del inicio del siguiente. Recuerdo que poco antes de partir hacia la casa de veraneo nuestros padres nos regalaban a cada hermano un libro o un cuento, según. Luego, la siesta era un territorio secreto lleno de aventuras surrealistas, la lectura una insumisión constante a todo lo establecido y el juego una lucha heroica que nos forjaba incluso aunque fuera bajo un infierno de más de cuarenta grados. Qué más daba. Éramos los seres más inconscientes sobre la tierra y ni siquiera la palabra felicidad hacía honor al magnífico universo de nuestros sentidos: las palabras no podían llegar a reflejar nuestras vidas. Las mañanas estaban llenas de excursiones, baños y paseos, y las noches de juegos en la playa, cada noche más prohibidos, y de un cine de verano con sesión doble y chicas algo alegres que tornaban melosas en cuanto les mirabas con el deseo pícaro e infantil todavía. Alguna hubo que se dejó tentar y uno se iba a casa con las manos encendidas y enloquecido como si acabara de tocar el tesoro de Sierra Madre. Todo esto ocurrió durante algunos años en La Antilla (la actual Islantilla, en Lepe, Huelva), antes de que Franco muriese en 1975, mientras muchos jóvenes españoles apostaban por un cambio que tardaba demasiado en llegar.

Si cuento esto —salvando las distancias y las diferencias—, es porque creo que ahora mismo hay en Irán muchachos y muchachas que tratan de encontrar sus propios tesoros, quizá ajenos a un sistema castrante, manipulador y fundamentalista, y tal vez ajenos a las palabras de muchos otros mayores que ellos. Hombres y mujeres que se juegan la vida por las calles de Teherán y que desde cualquier azotea, al anochecer, o desde un teléfono móvil en cualquier momento del día, estarán gritando Alá es el más grande, pero también Morg dar diktator.

En medio de todo este clima de excitación, revueltas y represión, muchos se quedarán huérfanos y entonces tendrán El reflejo de las palabras1que emprender el largo camino para entender el significado de las palabras de sus padres, su poder y su verdadero reflejo: su permanente necesidad para sabernos libres y entendernos. Algo que sabe bien Kader Abdolah, seudónimo de Hossein Sadjadi Ghaemmadami Farahani (Irán, 1954), resistente estudiantil contra el sah y después contra el régimen del ayatolá Jomeini. En 1988 huyó de su país y encontró asilo en Holanda. Allí se ha hecho escritor y periodista. El reflejo de las palabras (Salamandra, 2006), con claros visos autobiográficos, cuenta la historia de un novelista iraní exiliado que un día recibe el diario de su padre ya fallecido. Éste, sordomudo, poeta y tejedor de alfombras, escribió el diario utilizando una escritura cuneiforme que el narrador tendrá que traducir y, al hacerlo, no sólo logrará darle un sentido a su pasado sino también a su propio presente. Una historia muy hermosa y muy honda que sirve para reflejar y denunciar la historia del siglo XX iraní y también para reivindicar la necesidad del diálogo entre padres e hijos, incluso después de muertos.

Sé que aún queda muy lejos un cambio de régimen en Irán y que los valedores de quienes protestan por los resultados de las últimas elecciones no son precisamente paradigmas de actitudes y valores democráticos, pero desde cualquier lugar y situación, aquí o allí, hay que hacer lo poco que se pueda hacer por los que sufren.  Es la única forma para lograr que cada día del verano sea infinito y venga cargado de jóvenes que puedan hinchar sus pulmones y expulsar el aire o mostrar sus cuerpos sin que les cueste un latigazo, la cárcel o la horca.

Insisto, me encanta el verano y cada vez más regalar libros.

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2 pensamientos en “Estos (y aquellos) días de verano.

    • Gracias por dedicar parte de tu tiempo a la lectura de este blog. Tienes razón. Cuando nos hacen pensar, nos sabemos más ciertos. No te cuento ya nada cuando nos hacen reír. Un saludo.

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