La Diosa Blanca.

MALLORCA 30.05 A 7.06 2009 047

Tumba de Robert Graves.

Hacía veinte años que no visitaba Deià. Pero aquella vez fue de paso y esta vez quise quedarme. Degustar el oro rojo que cada tarde riega sus montañas y la luz siempre nueva del amanecer alegrando cada bancada salpicada de olivos, almendros y alcornoques. Miguel, un espigado y atento lugareño que regenta un hotel situado en una de las zonas más altas del pueblo, nos indicó casas, lugares, sendas y calas. En realidad no le hicimos demasiado caso y fuimos hasta donde a nuestras piernas y olfatos de viajeros desprevenidos les pareció oportuno. La lápida de la tumba del escritor Robert Graves, situada en el cementerio de este pueblo mallorquin, sigue igual, tal y como la recordaba: pequeña, naif, casi infantil.

Creo que cuando leí a Graves, con 21 años, me puse a buscar a aquella mujer que defendió en su libro La Diosa Blanca, una interpretación del poema galés medieval The Song of Taliesin. Yo ya la encontré y ya la escribí: ahora, tal y como hacen las diosas blancas, me susurra ideas incorrectas y palabras espirituosas. Si como alguien dijo —tal vez García Márquez— uno es de donde se le mueren los seres queridos, supongo que también puedo ser o sentirme un poco de Deià. Sea como fuere, de vez en cuando vuelvo a leer algunos poemas de Robert Graves. Por ejemplo éste:

ELLA A ÉL
 
Tenerlo, amado, es saber que lo tienes
más que pensar que lo tienes;
pensar que lo tienes es desear tomarlo,
aunque después no lo tendrías—
y por eso miedo a tomarlo.
Pero si sabes que lo tienes, puedes tomarlo
y saber que aún lo tienes.
 
Traducción de Claribel Alegría y Darwin J. Flakoll
Portada de <em>Los demonios de Berlín,</em> de Ignacio del Valle.

Portada de Los demonios de Berlín, de Ignacio del Valle.

También recuerdo con mucho interés la serie de la BBC Yo, Claudio, basada en las novelas de Graves. No hace mucho también vi la serie Roma (BBC, HBO y RAI), otra visión situada en la transición de la República al Imperio. Viéndolas y recordándolas, uno no deja de apreciar cómo dos mil años de historia sí que nos han cambiado, aunque en lo sustancial el cambio no haya sido espectacular. Los mismos dictadores, los mismos bufones, los mismos sistemas económicos feudales, los mismos ángeles y demonios y las mismas ansias y tempestades: menos la estupidez parece que todo es sondable en el ser humano. Algo que muestra muy bien el escritor Ignacio del Valle en su última novela Los demonios de Berlín, obra que siguiendo uno de mis vicios preferidos adquirí en el viaje de ida a la isla. Creo que con esta obra, ajustada de estilo y muy bien aquilatada de emoción y peripecias, y con su ya cinematográfico personaje, Arturo Andrade —ya presentado en sociedad en la muy notable El arte de matar dragones—, Ignacio del Valle consigue situarse un escalón más arriba en su particular avenida literaria. El lector podrá apreciar un thriller que comienza con una imagen muy potente y que va in crescendo hasta el final por caminos reconocibles pero no por ello menos inquietantes. Por supuesto,  el protagonista tendrá que enfrentarse a su singular Diosa Blanca.

Por lo demás, ya de vuelta uno sólo puede continuar ratificando que el mejor regreso es aquel que supone una nueva partida. Visto lo visto en Europa, la próxima me la juego en Sudáfrica o en Japón. Vaya usted a saber.

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8 pensamientos en “La Diosa Blanca.

  1. Quizás sea que para ser lo que somos fue necesario que nuestros anteriores fuesen como fueron y lo único que hacemos es versionearnos constante y sucesivamente y la única elección que nos quede es adaptarnos al personaje que nos toca representar en el acto que dura la vida de cada uno. O no.

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  2. Hola Javier. ¡Qué endivia me das con tu vacación levantina!. De lo que dices una verdad con la que estoy de acuerdo (aunque sea del jodio guiri Gravilla!: la coja distinción entre la potencia y el acto del querer egoista, osease, entre el pensar y el saber que uno es querido, pues, a mi juicio, le falta la otra cara, que es la verdaderamente importante, la del saber que uno quiere. Como cristiano que soy me remito a San Pablo (que ya se que no está bien visto).
    Por otra parte pienso, a diferencia de lo que dices, que lo verdaderamente insondable es la estupidez humana; en este sentido creo recordar que en el Antiguo Testamento (¡agg! otra vez con la civilización judeo-cristiana, perdón) se dice que el número de los estultos es infinito: ¡qué gran verdad!.

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    • Gracias por leerme, amigo. En cuanto a lo primero que apuntas estoy de acuerdo contigo. En cuanto a lo segundo, acerca de la estupidez, creo que decimos lo mismo. Y por último, no te cortes ni un pelo por ser cristiano. Por mi parte, yo he intentado ser ateo, pero no me sale: me he quedado en agnóstico aunque no siempre muy convencido.

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