Otherness: variaciones sobre la otredad.

Después de los últimos acontecimientos mundiales, nacionales y locales resulta palpable que, hoy por hoy, buena parte de la existencia en este mundo está en manos de los estúpidos, los insensibles y los desaprensivos. Y su éxito en la vida sigue basándose principalmente en la manipulación de las palabras. Véase: cohesión, realidad, solidaridad, país (léase también hacer país); palabras que manipulan hasta la náusea y que cuentan con un ejército de ciudadanos que profesan y defienden encarnizadamente ideologías tan similares (derechas e izquierdas) que parece que sólo quisieran el voto para ver cómo se reparten el botín. Al fin, o les das el voto o te quitan el sitio.

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Pero no crean que las palabras iniciales son enteramente mías: se las he pedido prestadas a Fernando Pessoa, un poeta tal vez amargo y un punto pesimista, a la manera que Jean Cocteau entendía la amargura.

En todo caso he aquí el nuevo contrato social, una unión en la que el ciudadano adquiere la condición de barragana, un ser legítimo pero con derechos y condiciones cuando menos variables, según dónde vivas y dónde hayas nacido. Y sobre todo acrítico. Nos hacen creer que tenemos opinión y poder de decisión, pero nos imponen sus estrategias mediante redes de conceptos nebulosos que muy pocos entienden. Cada día que pasa está más lejana la posibilidad de una democracia participativa y más cerca la democracia parasitaria. Y ante este horizonte cada uno se entrega a su quehacer cotidiano: al trabajo los que lo tienen, a la familia los que la sienten y al ocio los que pueden. En los respectivos parlamentos nacionales el debate político y social continúa en la inopia y eso sólo da, como mucho, para el chascarrillo o la ocurrencia de ciudadanos desinformados que casi siempre acaban solucionando el mundo al son de una sardana, una jota o cualquier himno, como si la música, la poesía o cualquier arte nos fuesen a solucionar el pan de cada día.

Ante esta situación se impone una alegría continua y una sonrisa que incomode a los de siempre; se sugiere, para quien pueda, la evolución libre y diaria de hacer lo que crea que debe y no la libertad de elegir entre tanta inmensidad de tanta nada; el asalto porque sí, sin tácticas ni estrategias, a las fortalezas de los bancos, no a las de quienes se aferran al dinero con ahínco de hiena y gesto de avaro, sino a la de los directores de publicidad, a sueldo de los taimados accionistas, consejos y presidentes de las grandes empresas (y políticos), encargados de esconder tras sus brillantes ideas las palabras que más y mejor nos sirven. Por eso, no se conforme con recuperar y reparar la palabra robada, además, entréguese con desenfreno a la orgiástica tarea de inventar otras escandalosamente bellas, nuevas y mejores, desate en su interior el vendaval del sentido común y de rienda suelta a su furia cada vez que sospeche que vienen a robarle un solo segundo de su vida. Desconfíe de todo lo que suene, huela o sepa a partido, proscriba a quienes sean carne de asamblea y huya de los que le ofrecen la oportunidad de expresarse delante del compañero presidente o del compañero secretario general, porque ya no volverá a hablar con la gente buena, la gente que vive de forma normal y corriente. Reconozca, al fin, que ha sido hipócrita y vuelva a leer a los griegos o a los romanos porque tal vez sea éste el inicio de su felicidad. ¡Ah!, y si puede, procure tener en cuenta que existen en el mercado una cantidad de pararrayos muy eficaces, pero que ninguno le protegerá de su miedo ni tampoco de la fuerza y el torrencial de belleza que anida en todas y cada una de las tormentas.

Palabra4Por cierto, murió Benedetti, Mario Benedetti. Lo leí y a veces me gustó: no creo que me arrebatase demasiado. Seguramente porque se trataba de un poeta ciego, es decir, obvio, irónico, terrestre, rutinario, tristón, desangelado y eso tal vez era porque él no sabía ser otro que ese otro que era para los otros. O dicho a la manera en que Jean Cocteau entendía a los poetas ciegos: un optimista. Un inteligente, sensible y entrañable optimista.

Final: También ha muerto José Miguel Ullán, un poeta en el que hay que creer antes de entenderle. ¡Uf!, difícil sí, pero no imposible. Sit tibi terra levis.

P.S.: «No somos ciegos. De modo que la ridiculez de escribir nos salta a la vista; pero no somos amargos, de modo que no permanecemos en silencio». De El secreto profesional, Jean Cocteau.

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