Delirio.

El miércoles moderé una mesa con cinco escritores en la Feria del Libro de Oviedo: Pilar Sánchez Vicente, Jorge Ordaz, Manuel García Rubio, José Havel y Carmelo Fernández. Ninguno de los asistentes nos abucheó, al menos de forma ostensible. Desconozco lo que pasaba en sus cabezas soberanas . Uno no puede estar en tantos sitios al mismo tiempo. Me gustó lo que dijeron los escritores. Su sentido común dejó preguntas en el aire que abren las puertas a debates que el viento se llevará.

Después, los jugadores del Barcelona C.F. recibieron del Rey de España la copa que les acredita como campeones del torneo. Estaban encantados. Por cierto, en el intermedio constaté que la mayoría de los espectadores tenían algún problema con el himno de España, aunque no llegué a distinguir ni bien ni mal qué decían. Unos han interpretado el hecho como una chufla o un churro y otros como si fuesen gases acumulados: el hedor de la historia de esas comunidades que también es el hedor de España. No sé si lo habrán resuelto. Sólo les puedo decir que yo llevo escuchando el himno de Asturias casi cada hora durante los últimos 25 años de mi vida. Y lo que me queda, si alguien no lo remedia o yo no me voy a vivir a otra parte. De momento, ni lo uno ni lo otro: al parecer.

3 manzanasLlegó el viernes y asistí a una cena en Gijón, invitado por tres magníficas amigas, tres como tres gracias, solidarias e infatigables, de esas que hacen empresa y familia alternativa, contribuyen al bienestar de la nación y no te tocan las narices con gaitas ni tambores. Me senté junto a gente a quien no conocía: me hablaron de Poe y de los faros, de trenes y mujeres maquinistas, de motos a todo trapo y de puros, brandis y otros pequeños grandes placeres postcoitales. También una mujer me habló de la literatura como motor de cambio de la sociedad y todavía hoy sigo perplejo. Toda la cena fue entrañable y alegre: celebraban 20 años de existencia, trabajo y vida vivida y, de paso, me recordaron que aún no les había invitado a nada. La próxima temporada, y sin falta, me comprometí a invitarlas a gónadas de oricios. Luego, de regreso a casa, fui escuchando a Loquillo, con Igor Pascual: Memorias de jóvenes airados: el tema me recordó a un par de escritores que me presentaron en Madrid hace algunos años: se iban a comer el mundo. Por supuesto, como a los poetas, no les arrendé la ganancia: Memorias de jóvenes airados: viven al norte del futuro y al sur de la esperanza, cautivos en reinos conquistados, donde habitan los silencios, donde ya no queda nada.

El sábado me cité con Óscar Calavia, profesor de antropología en la Universidad Estatal de Santa CatarinLas botellas del Sr. Kleina, en Florianápolis, más conocida por Floripa y antiguamente por Destierro. Un tipo curioso este Calavia, nacido en La Rioja, autor de Las botellas del señor Klein obra que, a falta de saber si es o no una novela y que en la actualidad equivale a debatir sobre el sexo de los ángeles, me ha reconciliado con la literatura concebida como un juego, con la idea de un escritor sin vanidades y un lector sin prejuicios, con una persona con la que se puede hablar por hablar sabiendo de qué se habla. Por ejemplo: hay escritores que son muy buenos para que otros les terminen mejor sus historias. Además, me puso al tanto de los usos y costumbres en Brasil: sus bailes y bebidas, meninos y favelas, ausencias de padre y rol de las madres, la función del sexo y el papel de la religión, de su historia y de su actual presidente, que casi, casi, es un presidente por accidente. Acabo pensando que no será Brasil el lugar en el que termine retirándome: tal vez envíe un mensaje en una botella.

De regreso a Europa, asistí al concierto de la Symphonica Toscanini, dirigida por Lorin Maazel, junto al Orfeón Donostiarra. Interpretaron la Sinfonía Nº 9 “Coral” en Re menor, op. 125, de Ludwig van Beethoven. La mayoría de la gente parecía entusiasmada a juzgar por los nueve o diez minutos de aplausos al final del concierto. Yo reconozco mi desconcierto y a la salida me pregunté: ¿me habré vuelto ya un europeo exquisito?, ¿hemos asistido todos al mismo concierto? Entonces recordé a Carlos Castilla del Pino: el delirio es un error necesario. De qué si no íbamos a poder vivir con estas realidades, de qué íbamos a aguantar a los otros. Y lo que es mejor, a nosotros mismos.

Suerte, Barcelona.

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