Camisas de once varas o aquellos viejos tiempos venideros.

Las mujeres, en general, se parecen mucho unas a otras: suelen gustar del romanticismo sin perder ni un solo ápice de su visibilidad práctica. Son seres envidiables. Tal vez por esto mi mujer me aconseja que no me meta en camisas de once varas. Pero uno ha leído las venturas y desventuras de Alonso Quijano y barrunto que algo de su ideario traspasó mis neuronas.

El caso es que ya se nos presenta como indispensable la presencia de una nueva generación que traiga bajo el brazo el pan de una regeneración social, moral, política y económica. A mí, la verdad, es que esto de la solidaridad, la cohesión y la justicia, de la libertad, igualdad y fraternidad, del comercio justo y de un mínimo garantizado para todos los habitantes del planeta, así como de los recortes a los excesos de los cien mil o de los 1.000 millones de los más ricos del mundo, digo, que a mí todo esto ya me suena. Por lo general, siempre estaré más de acuerdo con quienes se echan al hombro cualquiera de las palabras antedichas, que con aquellos que procuran la injusticia, el hambre, la guerra o la peste.

MUJER_CON_UVAS

Mujer con uvas, de Tamara de Lempicka.

Sin embargo, supongo que el miedo o nuestros propios deseos no nos dejan ver el pasado con claridad.  Así, la tentación por convertirnos en exégetas y líderes de opinión de los nuevos tiempos, conlleva puñados de teclas, grandes palabras y opiniones reiteradas que acaban por indigestar hasta el buen entendimiento. Multipliquemos los medios de información por no menos de 5 opiniones al día sobre la actual crisis económica y obtendrémos unos cuantos ejércitos en el mundo dispuestos a tirarnos los trastos a la cabeza con tal de anteponer nuestros tufos ideológicos al sentido y la prosperidad común. 

Por eso, no deberíamos olvidar algunos flecos. Por ejemplo, si auguramos revoluciones, no estaría de más darnos una vuelta por el famoso inicio de El 18 brumario de Luis Bonaparte de Karl Marx: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa». ¿Sólo dos veces?, añadiría yo con el permiso de todos ustedes y el de mi mujer. Y de otra parte, si proponemos más de la misma sopa, sería aconsejable contabilizar la fortuna que gastamos por salvarles el orto a esa desbocada calaña financiera y a esa otra que, en connivencia, la sustenta: la política. Sí, claro que conozco a políticos honrados y buenos políticos. Pero como dijo Fernando Savater en algún artículo, la política y los políticos tienen su propia ética y nada tiene que ver con la de los ciudadanos. Miren si no lo que ocurre en Europa (parlamentarios británicos) y con Europa (próximas elecciones), por ejemplo.

Ya digo, a mí todo esto me suena, y si observamos con atención, veremos a no tardar nuevas propuestas que nacen ya viejas, procedentes de otros tiempos antiguos. Ideas que envueltas en blancos algodones sólo reflejan la lana amarillenta de su edad.

Y llegados a este punto, mi mujer me apunta: «Aquí, seguiremos haciendo lo mismo que Lázaro de Tormes, que cuando el ciego le propone comer las uvas del racimo de una en una y observa cómo incumple el trato comiéndoselas de dos en dos, el muchacho, lejos de llamarle la atención, se las lleva a la boca de tres en tres.»

Queda dicho, las mujeres en general son seres envidiables. Por mi parte, aquí sigo, sin saber cómo escapar de las varas de esta camisa.

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