Krasnapolsky

Hace ya unos años que fui por vez primera a Ámsterdam. Entre muchos otros recuerdos que permanecen intactos, uno de los mejores fue el Gran Hotel Krasnapolsky. Por supuesto no olvido la hermosa casa Hajenius (por entonces todavía conservaba el inmenso placer de fumar), dos de los más antiguos bares del centro y cómo no el Bimhuis, ese templo del jazz en donde escuché a Scott Hamilton y desde cuyo restaurante se pueden apreciar impagables vistas de la ciudad. Pero, ¿hay algo más? El teatro Tuschinski, la sinagoga portuguesa, el museo Van Gogh, el mercado dominical en el Jordaan, las noches, el atardecer, la librería…, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Athenaeum. En fin. Ningún viajero pasa dos veces por el mismo viaje.

AMS

Vista desde el Bimhuis

Sin duda, Ámsterdam es una ciudad muy apetecible para abandonarse a muy variados vicios que el buen viajero sabrá encontrar. Es tradicional, aunque el interés local y el inmobiliario se han aliado para hacerlo desaparecer, visitar las singulares y preciadas virtudes del animado Barrio Rojo. Luego, si uno se ha divertido en exceso, bien puede confesar sus defectos en la Vieja Iglesia de Ámsterdam. No se preocupen, no hay mucha distancia. En un determinado punto de la calle Oudekerksplein, que bordea la iglesia, el vicio y la moral apenas distan un par de metros. Por cierto, la iglesia es católica y está llena de gracia y de belleza. Por algo será.

Pero hablaba del Krasnapolsky. Sus habitaciones están bien, aunque no tienen ningún encanto especialmente destacable. Pero tal vez… Bueno, mejor será que comparta un párrafo de una narración que todavía está en el horno. Ya entenderán por qué.

«Después, cuando Isabelle Millet se despidió, caminó sin rumbo, enzarzada consigo misma por aquél desvelo alentado por las palabras de la señora Kwakelstein. Sintió el frío recorriendo su espalda de abajo arriba y sólo pudo calentarse con las reservas de su amor propio: queriéndose y protegiéndose de aquella soledad que en un descuido le había atravesado el alma como un punzón helado. ¡Maldita vieja!, tronó dentro de su cabeza, pero concediéndole el poder de aquella sabiduría impregnada de intuición con la que había logrado desarmarla.

Callejeó hasta llegar al centro de la plaza de Dam. Allí plantada, giró lentamente, dando una vuelta completa, y entonces rememoró un viaje con sus padres cuando aún no había cumplido los diecisiete. Un viaje entrañable y feliz, aunque tiempo después supiera que sólo había sido un intento por recomponer la familia. Se detuvo y miró el Gran Hotel Krasnapolsky, donde se habían alojado durante aquella estancia en la que también visitó el museo de Vincent van Gogh, el único del mundo del que había salido llorando, con el alma encogida y la garganta retorcida como un trapo. Musitó unas palabras que había memorizado entonces, palabras de una carta de Vincent a su hermano Theo: «son enormes extensiones de campos de trigo bajo cielos embravecidos. He intentado deliberadamente expresar en ellos tristeza y extrema soledad». Poco después de escribir esas palabras, van Gogh moría.

Entró en el hotel. En lo esencial estaba como lo recordaba, con sus luminosas palmeras en el café restaurante, un oasis para algunos viajeros afortunados que visitan Ámsterdam y cuya presencia a cualquier hora del día dibuja un variopinto mapamundi. También recordó que su madre le había recomendado para aquella ocasión la lectura de El corazón de las tinieblas, de Conrad. Ella le contó que el entonces marino, tras llegar a Ámsterdam y fondear su barco destrozado por los hielos glaciares, había ponderado que aquella inmensa sala del hotel Krasnapolsky estaba tan bien caldeada que hasta el mármol de las mesas parecía agradable al tacto y que el camarero que le atendió tenía, en comparación con su soledad, el preciado aspecto de un antiguo e íntimo amigo.»

 © Javier Lasheras.
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