Vicios

Como toda persona sana tengo mis vicios. Unos son inconfesables y otros los aireo, según. Uno de ellos consiste en comprarme un libro -o los que procedan- cada vez que viajo. Pero no lo compro antes del viaje, en una librería, tal y como hacen las personas decentes. Yo lo compro en esos quioscos de las terminales de los aeropuertos o en los de las estaciones de tren. El autobús, con excepciones, ya dejó de estar hecho para mí.

trecetristestrancesDurante el último viaje adquirí en la T-4 de Barajas Trece tristes trances, de Albert Sánchez Piñol. Un libro de cuentos interesante y sin presunciones. Equilibrado como un buen vino cuando primero lo olfateas y luego lo pruebas. Es decir, redondo, sin trucos ni celadas. O por decirlo de una forma más castiza: tonterías ni una y si alguien se pone estupendo, pues las justas. Porque hay autores que hacen con sus libros una casa desde la cual meternos el hocico de su propaganda y otros que hacen desde ellos un mundo, una narración, un tacto. Cuando llegué al aeropuerto Marco Polo ya había terminado los trece relatos. Intensos, densos, con un toque de humor negro, a veces tierno. Algún cuento muestra giros inesperados, sin sobresaltos, inteligentes y seductores, bien enraizados en diversas tradiciones muy del gusto de Sánchez Piñol y ya alumbradas en su inolvidable La piel fría.

Por supuesto, Venecia sigue en el mismo sitio, aunque un poco más baja: encantadora, indescifrable y secreta, a menos que uno sólo transite los lugares acostumbrados. Un auténtico vicio que empecé como aquella pareja en The comfort of the strangers, la película de Paul Schrader, y que terminé lleno de satisfacción después de seguir el rastro de Corto Maltés, de Tiziano, de la familia Polo o de Casanova, impregnado de ese verde sofisticado y misterioso que tiene el agua de la ciudad cuando atardece a principios de abril. Del mismo color e iridiscencia que la labradorita. Por cierto, me hice con otro vicio para mi catálogo: el spritz. Un aperitivo seco y amargo que tomaba al anochecer, en las calles laberínticas situadas en ese universo que hay entre Rialto, la Corte Amadi y la Corte Morosina y que tanto frecuentan los lugareños, sobre todo en ese pequeño local de jazz donde bailan y se enamoran las venecianas, cercano a las oficinas del imponente edificio de Correos. Todavía paladeo los acordes de algún standar, las caricias y los besos, la complicidad de los cuerpos: nostalgia del viajero: vicio, puro vicio.

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