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Tipos infames

En una visita de médico a Madrid visité la librería Tipos infames, una recomendación de Fernando Beltrán que me dejó una impresión excelente. Allí me hice con un ejemplar de Nostalgia de Mircea Cărtărescu, publicado por Impedimenta, muy alabado por muchos, entre otros por mi amigo José Luis Piquero. Con excepción del sobresaliente y redondo El ruletista y tal vez REM, debo aceptar que el rumano no es lo mío, a pesar de su limpieza y precisión. También compré Ciudad abierta, de Teju Cole, en Acantilado. Para mi sorpresa, su estilo prosaico y advenedizo, con un buen número de historias, anécdotas y reflexiones de dudoso interés, me han provocado reflexiones y evocado sensaciones que de antemano hubiera jurado poco menos que imposibles. Como lector de paso que soy, es una prueba más de que el estilo siempre puede ir un poco por delante de las peripecias y el argumento, de que el estilo jamás debe sobrepasarse ni encubrir carencias, pero sobre todo de que tras cada lectura se encuentra agazapada la íntima necesidad de un temblor por humilde que sea. Ya no tengo el alma para ruidos.

El buen gusto

Ayer nos convocaron a Manuel Herrero Montoto y a mí para hablar de literatura erótica. Y como la seriedad no está reñida con la cachondez, nos lanzamos a repasar desde Safo o Catulo hasta Colette, Bataille y Nabokov pasando por místicos, modernos y pirujos, que a todos les ha puesto tanto el huevo de la gallina como el ojo del culo, el canalillo de la Belucci o el vaso de leche de la hija del vecino. Nos deleitamos con páginas que refieren muebles y otros objetos diseñados para el placer, imaginamos escenas que elevaron la temperatura de los presentes y desplegamos todos los sentidos, incluido el olor. ¿Imaginan y desean lo mismo hombres que mujeres? Por supuesto, apareció ese libro que dicen que está destinado a las porno mamás. Yo me di un garbeo por esas 50 sombras de Grey: sus páginas, además de provocar una somnolencia plomiza y excitar tanto como el recibo de la luz, perjudican seriamente el buen gusto literario. De la pornográfica y obscena zafiedad que a diario nos brinda la política de nuestro país, no dijimos nada. ¡Faltaría más! Somos gente con un gusto exquisito.

Bach

La primera vez que fui consciente de su tamaño y de la huella indeleble que nos legó quizá fuese en algún momento atribulado del bachillerato o durante alguna tarde fría en la universidad. Después me exilié de Johann Sebastian Bach para descubrir otros mundos y al fin acabar, bastantes años después y de la mano de Félix Grande, volando por las caricias felices de Glenn Gould interpretando las Variaciones Goldberg. Leyendo estos días a Adam Zagajewski que lo recuerda a menudo, vuelvo a sentir lo mucho que le debemos al maestro antiguo de Eisenach. Pero la felicidad tiene muy mala prensa y encima pocas son las cosas capaces de ofrecernos instantes verdaderamente felices. De todos es sabido que es un arma de destrucción masiva que torna amigos en enemigos y por eso suele ser consejo de viejo cuidarse de ciertas demostraciones. Sin embargo no me resisto: esta mañana, mi concierto de año nuevo no sólo estuvo en el Musikverein; también en algunas fugas y partitas que mi mujer tocó de repente. Y así el primer día del año, que había comenzado expresando venturosos deseos que parecían una broma en medio de la desazón general, elevó el vuelo y me rozó, por unos instantes, con las altas manos de la felicidad.

Deseos

Raymond Chandler (Chicago, 1888), maestro del género negro y uno de los mayores escritores del siglo XX, fue entre otras muchas ocupaciones y venturas, un autor tardío de novelas criminales —canónicas para muchos lectores y críticos— como Adiós, muñeca, El largo adiós, o La dama del lago, además de guionista en Hollywood, al igual que Scott Fitzgerald, Huxley o Brecht. Pero dejando a un lado esta breve nota, Chandler también se interesó por otros géneros y dejó constancia escrita de sus verdaderas apetencias y deseos.

La editorial Cátedra, en su recién inaugurada colección Letras Populares —entre otros títulos también destacan Paz en la tierra de Stanislaw Lem y la impagable Los invisibles de José María Merino—, acaba de publicar La puerta de bronce y otros relatos del estadounidense. Esta edición, traducida por José Ferrer Aleu, cuenta con una introducción del periodista y especialista en literatura fantástica Julián Díez. Ésta, conviene anotar, resulta un extenso, perspicaz y atinado estudio que revela las claves de la vida y obra de Chandler, al tiempo que se detiene en la tríada de piezas que conforman este volumen: La puerta de bronce, El rapé del profesor Bingo y Verano inglés. Son piezas que vienen a demostrar la afirmación que en 1954 escribió a uno de sus editores y que Julián Díez transcribe en el prólogo: «Si quieres saber lo que realmente me gustaría escribir, te diré que historias fantásticas. Y no me refiero a ciencia ficción».

Los tres cuentos tienen en común el misterio, la estructura en la que a todo crimen le corresponde un castigo y un mensaje común tal y como apunta el prologuista: los deseos no pueden realizarse, son contraproducentes. Si bien es cierto que los tres suponen buenas aportaciones al género, resulta a mi humilde entender más notable La puerta de bronce. Y elloporque a pesar de un «cierto aire ingenuo» Chandler no da puntada sin hilo en sus casi cincuenta páginas: descripciones breves y efectivas, retratos agudos de personajes verosímiles y diálogos y acción dibujados con una magistral sutileza que logra multiplicar la visibilidad del lector.

Por su parte, en El rapé del profesor Bingo, Chandler aborda los temas de la invisibilidad y el del doble y aquí se encuentran los diálogos más emocionantes de entre estos relatos. Verano inglés, descontando las críticas implacables, es más una narración gótica, intensa y breve pero desmadejada, cuya importancia radica en ser obra de obligada lectura para cualquiera que desee conocer las claves autobiográficas de Raymond Chandler así como las limitaciones técnicas producto de sus carencias formativas.

Con todo, no se sienta un extraño si cuando cierre el libro y sobre todo cuando termine La puerta de bronce siente un oculto deseo inconfesable. Tal vez se vea con una sonrisa malévola y un punto enloquecida, preguntándose si en estos momentos de insolvencia generalizada no sería ajustado hacer desaparecer a un montón de indeseables y miopes presuntuosos que tanto dicen querer el bien común en este país pero al que tanto maltratan todavía con una impunidad sistémica. Porque, ¿no le gustaría tener una varita, una apoyatura o un novum con los que mandar a la inmensa nada a tanto crápula o quizás en un ámbito más cercano, subjetivo y caprichoso a algún conocido, familiar o cónyuge insoportables? Vaya con cuidado. Los deseos a veces matan.

Lecturas

Algunos de los que a menudo leen estas notas tranquilas y ligeras me demandan cuando me ven o cuando me escriben por correo electrónico que cuente qué estoy escribiendo, qué libros estoy leyendo y qué pienso de ellos. Respecto a lo primero permítanme tocar madera y esconder mis cartas. El clima actual no es el más propicio para andar sin cautelas. Pero como soy agradecido con quienes se toman la molestia de leerme, aquí van algunos de los libros que he leído recientemente, de otros que estoy leyendo y de otros más que trataré de leer. Lo que pienso de ellos es prolijo para este espacio, así que sin ánimo de polemizar, me permito la frivolidad de señalar algunos de ellos entre uno y cinco asteriscos, indicando así que algo tienen que me ha gustado o que, cuando menos me ha llamado la atención por diversos motivos. Por supuesto sólo de entre aquellos que ya he terminado su lectura.

El mandarín, de José Maria Eça de Queiroz. (***)

Los últimos días de Emmanuel Kant, de Thomas de Quincey. (****)

Muerte en verano, de Benjamin Black. (*)

Pilón, de William Faulkner. (***)

Los Once, de Pierre Michon. (**)

Los dioses y los hombres, de Jesús Aller. (*)

Paz en la Tierra, de Stanislav Lem.

Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón.

Alehop, de Nacho Buzón. (*)

El síndrome Kalashnikov, de Natalia Menéndez. (*)

En la belleza ajena, de Adam Zagajewski.

Muerte en primera clase, de José María Guelbenzu. (**)

Ciudad abierta, de Teju Cole.(**)

Suite francesa, de Irène Némirovsky.

Territorio para el fuego, de Javier García Cellino. (*)

La felicidad de los pececillos, de Simon Leys (***)

Dublinés, de Alfonso Zapico. (***)

Muerte de una heroína roja, de Qiu Xiaolong.

La puerta de bronce, de R. Chandler.

Los invisibles, de José María Merino. (**)

Culpa, de Ferdinand Von Schirach. (*)

Espero que de esta lista nadie extraiga conclusiones precipitadas. Soy de amplio espectro, trato fácil y muy limpio cuando se trata de deshacerme de los libros que no me emocionan. Sólo soy, como suele decirse, un lector de la calle.