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Éxito

Este agosto nos ha traído la muerte de Pierre Rickmans, más conocido como Simon Leys, seudónimo que hubo de adoptar para no ser declarado persona non grata por la República Popular China. Si lo traigo aquí no es sólo porque me gustaron sus libros, sino porque aún más me gustó el sentido de su fracaso cuando se prologó en Los náufragos del «Batavia». Anatomía de una masacre (traducido del francés por José Ramón Monreal), un relato sorprendentemente poderoso, sencillo y breve que deja los pelos de punta. En su advertencia preliminar Simon Leys confiesa que se pasó dieciocho años acariciando el proyecto de escribir la historia de aquellos náufragos que embarrancaron en las islas Houtman Abrolhos, en una labor que supongo titánica y privadamente legendaria: un sinfín de notas e ideas, documentos y fotos que debieron ocupar un vasto archivo. Pero he aquí que se adelantó otro escritor, Mike Dash, con su libro La tragedia del Batavia (Barcelona, Lumen, 2003), y escribió notablemente todo lo que había que escribir. A Simon Leys no le quedó otra que reconocer el trabajo de Dash y publicar en la editorial Acantilado —la excelente editorial creada por Jaume Vallcorba quien también ha muerto esta semana—, ese librito de 86 páginas que nos enseña por lo menos dos cosas. La primera es una pregunta: «¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro?» y la respuesta de Leys no deja dudas: «No corráis en llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto». Es decir, que el éxito fue haber vivido esos dieciocho años acariciando «el libro que no existió». A veces no queda otra. Y la segunda es la consecuencia, más dura y siempre actual, que se extrae cuando nos dejamos llevar por la vesania de cualquier líder y que Leys resume con una frase de Edmund Burke: «Para que triunfe el mal sólo hace falta que la buena gente no reaccione». Tomo nota.

El momento este

La Cátedra Ángel González, de la Universidad de Oviedo, dirigida por Araceli Iravedra, ha organizado una serie de conferencias para este mes de mayo bajo el título «Lecciones de cosas». Transcribo aquí un poema de Ángel González que, leído con perspectiva y perspicacia, resulta muy elocuente del momento que vivimos. El poema pertenece a su libro Grado elemental, publicado en Editions Ruedo Ibérico, en París, hace ahora 52 años.

EL MOMENTO ESTE

El momento no es bueno.
Ya se sabe
que los vientos tampoco.
Una tromba de agua arrasa a Cataluña.
La lluvia
no moja desde meses la tierra de Almería.
Aquí, en cambio, los hielos ennegrecen
los frutos
y más allá los huracanes
derriban bosques, y en otro
lugar no tan lejano
un inmenso trigal fue pasto de las llamas.
No vamos a quejarnos por tan pequeña cosa.
No vamos a quejarnos desde ahora por nada.
Desde ahora
somos invulnerables de tanto vulnerados,
insensibles
de haber sentido tanto.
Y si un niño se muere o una ilusión se quiebra
no hay por qué preocuparse:
estamos
perfectamente disculpados.
Son los vientos, los tiempos, las desgracias que corren
como arañas hambrientas sobre nuestra inocencia.
Es el momento este que nos pesa en el pecho
igual que una gran piedra,
y nos inmoviliza.

En el aire quedaron vestigios de palabras:
…supervivientes todos de inclinada postura:
sería
preferible
fallecer intentando enderezar los huesos…
y pasó un aeroplano y ya no se oye nada.

Bienaventuradas sean las orejas Grande

Para recordarte, primo, hago palanca y me caliento la garganta con un vaso de Peinado no vaya a ser que en este instante me abata la derrota. Sí, te escribo haciendo palanca, tal y como escribieras en aquella balada familiar —que fue la de tantos en nuestro país— cuando a tu abuelo el Palancas le dio por mover una piedra totémica hasta el centro de la plaza del ayuntamiento, en protesta porque una noche, unas mujeres de la calle del Charco, en Tomelloso, no le fiaran lo necesario para mitigar su urgencia testicular. Escribo embistiendo la pena, convocando la luz escasa de un taranto, evocando la liturgia delicada de tus manos con cuyos dedos de ángel una vez tocaras las ubres de las cabras y de las vacas, los mismos que acariciaron la cintura de tu guitarra Mesalina, la tos de Paquita y la sonrisa de Guadalupe, haciendo bolos flamencos por España, también por Cimadevilla. Ahora, años después de que Francisco García Pérez facilitara nuestro encuentro, quiero recordarte con el pelo blanco, esa fumata blanca de música y concordia que llevabas desde tiempos inmemoriales, y también cuando te acurrucabas y dejabas que el consuelo de Las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach te acunaran el terror —y el amor— del pasado y la familia y de todo este siniestro contumaz de la tribu. ¡Ah, ahora estás en lo irreparable! Pero entonces qué bien supiste dónde estaba el mejor lugar contra la muerte: ¿te acuerdas de la aparición de aquella mujer desvestida que de repente salió del mar en La Antilla para dejaros, a Paco y a ti, llenitos de lumbre, con la mirada patidifusa y perifrástico el entendimiento? ¡Qué bien que lo contabais, primo, qué arte! Y qué gusto daba verte no hace tanto paseando por la ovetense calle del Rosal cuesta arriba o en Pravia junto a Fernando Beltrán, Joan Margarit, Luis Alberto de Cuenca, Esperanza Ortega y muchos otros amigos celebrando juntos «la vida, el amor y la conciencia», o lo que es igual, a Machado, a Neruda, a Rosales, a Vallejo («bienaventuradas sean las orejas Sánchez», ¿te acuerdas, primo?)

Antes de verte por primera vez no encontraba filosofía a la que agarrarme —después de Auschwitz dudo que alguna pueda guiarnos—, así que las heridas insomnes, colgadas en los tendales de la vida, hicieron que me preguntara de quién eran esos versos que andaban de boca en boca. Y eran tuyos, hermano, eran la palabra y la moral, como dos muletas a las que agarrarme tras saber que «la vida es una lágrima testaruda», como decía tu querido Luis Rosales. Palabra y moral, así, muy juntas. Porque eso es tu poesía: memoria, exilio y misterio, es decir, cuerpo y lenguaje contra el estupor de esta vida degenerada. Y después de esto «debería ir el lunes a que me hagan una radiografía.» como escribiste en Blanco Spirituals. Y cómo no, ponle ahora todas las rubáiyátas que quieras a ese gran puchero de lujuriosa música y amor que es tu obra y guárdanos un poco por si acaso volvemos a encontrarnos, ya sabes que «La vida nos engaña, las cosas se nos van.»

En fin, amigo mío, primo hermano del mundo, gracias por dejar todas tus cuentas saldadas. Por mi parte, ya sé que estas palabras no saldarán las mías contigo. Pero mientras tanto, como dicen los flamencos, que Dios te bendiga… Escucho a Paco de Lucía… y tengo ganas de llorar… y de escribir unos cuantos versos muy tristes esta noche. Creo que echaré otro trago y haré palanca…  «Enigmático es todo, amigo, como si hubiera un dios.»

(Artículo publicado en el diario La Nueva España el 31 de enero de 2014.)

La felicidad, desesperadamente

El otro día vino a comer a casa un amigo de mi mujer. Durante el aperitivo nos comentó que había leído un libro mío y con una exquisita sensibilidad confesó que se había «sentido reflejado, cómplice con el narrador» y hasta reconfortado en ciertos momentos de su lectura. Como quiera que mi vanidad suele cumplirse de forma harto extravagante y que me incomoda y ruboriza hablar de mi quehacer, más reconvertido cada día que pasa en una afición sin otro futuro que el que se sustancia de lo inevitable, a buen seguro no supe ver que el invitado venía como un expreso urgente con la pregunta en la boca. Bueno, por eso y porque el libro se publicó hace unos cuantos años y, como todo el mundo sabe, en este universo literario mieles pasadas no aseguran dulces futuros. Después de una plácida conversación y tras dar paso al café, la inquietud de nuestro invitado hizo que se levantara y extrajera de su cartera el libro en cuestión y, armado ya de la confianza plena que gobernaba la tarde se arrancó a leer, con una voz franca y delicada como si leyera el pasaje de un libro inveterado, unas páginas señaladas con unos signos mínimos que delataban su fineza de lector atento. Enseguida alzó los ojos y me preguntó: «¿Eres tú el narrador?».

Yo no escribo para consuelo de nadie, ni siquiera de mí mismo —resulta que, unas veces para bien y otras para mal, soy un ser inconsolable—, pero comprendo y acepto que existen lectores que encuentran en los libros el bálsamo que la realidad les niega. Personalmente, entiendo mejor cómo los libros nos aportan la transparencia y el orden que la nebulosa de nuestra experiencia necesita para poder fijarse y concluir en pensamientos, dudas y reflexiones solventes. Es esta posibilidad de diálogo la que nos sirve para construir una narración crítica que nos ayude a explicar la vida que vivimos. Por lo demás, y no menos importante, la literatura nos ofrece a menudo un espejo en el que encontrar un hermano gemelo para nuestras emociones, incluso con las más incorrectas y alambicadas.

Antes de la media tarde nuestro invitado se excusó y yo me quedé como diría André Comte-Sponville atrapado en una isla de felicidad, desesperadamente, iluminado por los estacazos de la vanidad. A la noche, mientras daba cuenta de una tristísima ensalada, mi mujer me espetó no sin malicia: «¿Qué, cómo te sientes hoy?». Y yo, con una sonrisa en los ojos: «Creo que deberías invitar a comer más a menudo a tus amistades».

Esencias

Termino el año como lo empecé, es decir, leyendo. A mí me gustaría acabarlo bañándome en el Atlántico Sur, es un decir, pero el picor tendrá que esperar a mejores tiempos. Conste que yo no me quejo, pues la lectura siempre resulta un océano estimulante, consolador y terapéutico con independencia del diálogo, las ideas y emociones que uno establezca con lo leído. Y vaya por delante que no siempre ha de ser un libro. Por cierto, dos libros estupendos para regalar durante estas fiestas: Donde dejé mi alma, de Jérôme Ferrari (y no se olviden de Albert Camus) y Diabolicón, de Jorge Ordaz, delicioso Ordaz y perdón por este paréntesis. Sigo. El asunto es que el domingo pasado me zampé el dominical de El País (cosa que no hacía desde que Zapatero ganó por primera vez las elecciones) y me pareció que el suplemento estaba ex profeso escrito para mí. Me encontré con Jacqueline Bisset, la mujer de mis deseos a principios de los ochenta. Confiesa que a sus 69 años ha descubierto la amistad. No me extraña. Al pasar del tiempo la sustituí por Kim Bassinger, años después por Mónica Belucci y Charlize Theron y finalmente, como soy un realista irredento, decidí adorar a la diosa de mi casa. Luego pasé algunas páginas y me encontré con un estupendo y guasón Stephen King tan avergonzado de ser estadounidense como yo español. Conste que amo a mi país, pero la complacencia de los políticos honrados ha llegado a cotas tan inimaginables que el orto de un gorrino es más de fiar que una sola de sus palabras. Y lo peor es que, cual si de una pandemia zombi se tratase, a cada paso que doy me encuentro a más y más ciudadanos infectados. Me temo que pronto pase a mis amigos y familiares. Me comentaba el otro día Ricardo Menéndez Salmón, quien regresa a las librerías con Niños en el tiempo, que al menos los jóvenes están resistiendo a través de Internet. Es probable que una minoría sí, pero tiendo a pensar que lo que está haciendo la mayoría es entretenerse, prepararse para formar parte de ese gran ejército que será Zombilandia. Y para finalizar, veinte páginas más allá, el cocinero del bosque, Yoshihiro Narisawa, un cocinero a quien tuve el gusto de saludar hace seis meses en su restaurante de Tokio. El bosque y el mar japonés fundido con las cocinas española y francesa, la esencia y el barroco, lo sagrado y lo orgiástico, todo ello simbolizado en elementos presocráticos, muy sintoísta, regado a discreción con los vinos de uva koshu o un divino Lynsolence 2001 de Saint Emilion, entre otros registros de su magnífica bodega. Puestos a ser exquisitos y un punto gilipollas, eché de menos un panier (la primera vez que se me acercó uno fue en una mesa del Guy Savoy y casi me da un ataque de risa), pero estuvo compensado con ese pan que se coció delicada, voluptuosa y lentamente ante mis ojos. Todo un homenaje a la tradición, el talento, el esfuerzo y el savoir faire. Narisawa es especial, un paisaje moderno desde el que uno se asoma al alma primitiva de los alimentos y a la explosión poética de una de las formas más acabadas de la alta cultura. Cerré la revista y el mundo real volvió con toda su estupidez. Una estupidez insondable, claro. Si alguien sabe dónde está la salida, le ruego información. Mientras tanto, vida, amor y arte. No hay otra cosa.

Gas

Ya sabemos que todo lo sólido acaba por desvanecerse en el aire (Karl Marx y Berman Marshall mediantes) y que el perfil frágil de nuestra identidad es el sujeto de nuestra líquida modernidad (Zygmunt Bauman en concreto y Manuel García Rubio —y hace poco también Muñoz Molina—, literariamente hablando). Lo que no sabemos bien, atizados por el maelstrom cotidiano, es lo que está sucediendo ahora. Aunque no creo que andemos muy descarriados si aventuramos que este estado social, político y económico de vaporización generalizada, cuando no de sublimación, está comenzando a depositar una bruma pertinaz, incolora e inodora, sobre nuestras formas de entendimiento e interpretación del otro, del mundo y de nosotros mismos. Se caracteriza este vapor, en primer lugar, por su plácida adaptación al cerebro de cada individuo, sin resistencia e incluso con alguna que otra admiración, sobre todo cuando es escasa la capacidad crítica, y por supuesto, cualquiera que sea la extracción socio-económica del depositario. Y, en segundo lugar, por su difícil erradicación. De la primera característica valgan por el momento —esto no es ninguna tesis, tan sólo una intuición—, dos hechos que no hace mucho tiempo pasarían por insospechados y, por tanto, improbables, pero que la actualidad nos muestra hora a hora en la bandeja informativa. El primero es que los pobres del primer mundo ya han aceptado serlo y algunos, en el colmo de su delirio, aseveran muy circunspectos que no tienen motivo de queja pues ellos mismos han optado por una profesión que les cumple su vida, a pesar de las penurias. El segundo anuncia cómo esa masa quebrada que es hoy la burguesía de nuestra sociedad, se cuece en su propio horno lenta pero confiadamente para acomodarse y mantener el nuevo lema de la casa: «Quédate como estás». Unos y otros no sólo han claudicado en sus demandas de mejora social y económica, sino que además se han quedado huérfanos de medios para organizar siquiera una mínima confrontación que les ampare. Como mucho algunos disponen de sacos terreros para protegerse de la inundación, aunque temo que la previsión del temporal no vaya a apaciguar sus incertidumbres. En definitiva, una sociedad (tal vez ya vaya siendo mejor decir unos individuos)  que está en vías de asumir una filosofía más propia del budismo —recuérdese la inscripción de aquella fuente del templo que decía «confórmate con lo que tienes»—, y que se dispone a abandonar los valores que conformaban nuestro bienestar y prosperidad, como si ahora éstos fueran quimeras, ensoñaciones o utopías para adolescentes.

Pero ¿qué es lo que ha hecho posible este siniestro social y esta intemperie individual que nos inculpa, nos aísla y nos deja inermes ante esa hidra, ese factótum que todos mencionamos y nadie ve? No lo sé, pero dado que las instituciones, los poderes y hasta los intelectuales nos han abandonado, sospecho que esta bruma que se abate sobre nuestras maltrechas identidades, insuflada por el incremento de la temperatura neoliberal a la que se van sumando sin pudor las potencias y sus poderes emergentes, será el nuevo aire sin forma definida ni cohesión que ahorme nuestra parálisis durante las próximas décadas del siglo XXI. Se necesita un Hércules que corte de un tajo las siete cabezas del monstruo, aunque me temo que los héroes también han dimitido. ¿O quizá piensen que los monstruos somos los propios mortales? Ponga un poeta en su vida. No se arrepentirá. «Nunca agradeceremos / bastante a tu belleza / el habernos salvado / otra vez del diluvio;», ¿recuerdan?

Nostalgia

Entre pinares, vuelvo a leer a Patrick Modiano. Su búsqueda del pasado, de la memoria y de la identidad no es lo que más me atrae, sino ese estilo inaprensible que me llena de nostalgia. La nostalgia, qué decir, está llena de charme. Levanto la vista del libro y veo una extensión infinita de nostalgia azul y dorada que tardaría unos cuarenta años en narrar o, en su defecto, todo un libro y, la verdad, ahora mismo no estoy para nada. La nostalgia, a diferencia del recuerdo, suele radiar melancolía y parálisis (la adolescencia y el nacionalismo abundan en ella), mientras que aquél suele entregarnos substancias al parecer inequívocas que no siempre resultan ser verdad (el nacionalismo y la adolescencia abusan de él).  Pero no todo tiene por qué ser profundo y oscuro. Algunos, por andarse en estas cavilaciones cercanos a Babia, padecen percances en la punta del dedo gordo del pie casi tan dolorosos como un dolor de muelas.

En fin, otras lecturas más ligeras se suceden y también resultan entretenidas, como esta de David Foster Wallace que me ha descubierto mi mujer y de quien ¿casualmente? leo ahora en el nuevo número de El cuaderno. Puedo apreciar la calidad de Foster Wallace, pero sus afirmaciones sobre Rafael Nadal sólo pueden proceder de una perspectiva amarilla, difusa y tópica que lleva al sonrojo («la virilidad apasionada del sur de Europa» contra «el arte intrincado y clínico del norte» —¿de verdad, Mr. Foster, de verdad?—). En fin, el texto está fechado allá por 2006 (desgraciadamente Foster se ahorcó en 2008) y, como todo el mundo sabe, quien habla se equivoca y quien escribe corre el riesgo de hacerlo para siempre. Ningún escritor está libre de esta maldición. Qué horror. Nadie ha inventado todavía la tecla “Eliminar para siempre”. ¡Ah, aquellos tiempos!