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La primavera (y 3)

Miro por la ventana y veo ya desde las 9 que esos chicos han ocupado un banco de la plaza. Son cuatro y están solos. Repantigados. Enseguida me pregunto si hoy será día lectivo. Llamo al CNI y me confirman que un huevo, que ésos están haciendo la rabona y que pronto se pondrán a jugar al fútbol, emulando ahora a los nuevos ídolos de la germanía futbolística. Que llame a la autoridad, me dice mi agente secreto. Pero, ¿para qué? No me parece mal. ¡Para qué va a parecerme mal! A fin de cuentas viven en el tiempo que les dejan, un presente afilado e inmediato bajo 23 benefactores grados centígrados que tuestan sus pieles lampiñas y arrasan su voluntad, agrandando su nula aptitud para ver más allá de sus narices, para ver siquiera algo parecido a la palabra futuro. Ahora —dos horas después— llegan otros cuatro. Hablan con ellos y parece que llegan a un acuerdo. Los bancos harán de portería. Varios ancianos se acercan con sus  ojos menguantes y los cuerpos mellados. Sonríen con una malicia histórica: huelen a distancia la carne de cañón. Se preguntan silenciosamente si serán ésos los que levanten el país. Quia. País ya casi no queda. ¿No ven los puños sobre los escaños, los discursos tragicómicos con la banderita de fondo, el lenguaje vulgar por todas partes y el dinero no sé sabe dónde? Y de repente aparece ella, bamboleante con su vestido leve y sus chanclas mercuriales. Invade el césped, extiende el fular de arabescos, se aplica el potingue lechoso y, tras un breve baño solar —ahora arremolina su pelo, sus hombros y su cuello relucientes, sus delgados brazos de mantis—, abre el ipad y lee. Los chicos ya se han cansado. Se quitan las camisas y muestran sus sudores. Vuelven a desparramarse por los bancos. La luz blanca silencia el mediodía, la sangre hierve en las amapolas. Ella sigue leyendo.

La primavera (2)

 

Era cuestión de tiempo que el nazismo (o el fascismo) saliera a relucir. Es un concepto al que se recurre con la misma frecuencia que aparece la indigencia argumental. Vaya por delante que no me gustan las muchedumbres y que soy amigo del orden. Entiéndase bien: del orden en el que impera el sonido moral que hace la gente cuando grita «queremos vivir bien», que no desea asistir a la intemperie material de los suyos y que sustenta sus principios de pobreza solemne en la lucha contra el siniestro social. Todo lo que nos está ocurriendo hunde sus raíces en un mantra concluyente del que desconocemos la furia de sus orígenes y hasta de sus ancestros. Me lo recordaba el otro día la mujer de un amigo: los ricos siempre ganan. No sabemos por qué principio o incertidumbre genética ocurre esto, pero así es como la historia nos lo viene demostrando hasta la fecha. Tenemos más información de un hijoputa cotidiano que de cualquiera que intuyamos como parte activa e interesada del sistema. ¡Uy, el sistema! Esto sí que me pone. Porque, como poco, hay dos sistemas. Uno el que forma toda la materia oscura que se agazapa detrás de los mercados —y del que básicamente no tenemos ni idea—, y otro del que ya sabemos demasiado compuesto en nuestro caso por 350 electos —(iba a decir otra cosa, pero no estoy por el escrache literario, baste con decir aquello de «todo para el pueblo pero contra el pueblo», ¿recuerdan?— mantenidos por no sé cuantos ciudadanos con sus votos apopléjicos y otros cuantos que forman un ejército variopinto de inocentes, pusilánimes, arribistas, gañanes, pícaros, desganados y filibusteros. Lo peor —o lo mejor según en qué parte se sitúe cada cual— está por llegar, cuando vuelvan a engordar las vacas y los zorros tornen a hacer sus  agostos y sus diciembres. Por su parte los pobres seguirán brindando con la esperanza y la ilusión intactas. Seamos realistas. A los ricos y poderosos no les hace ninguna falta. Dicho lo cual —qué feo es este sintagma pero qué apañado resulta—, ¿de verdad no hay en este lindo país imaginación suficiente  para encontrar una táctica digna de tan elogiable objetivo alternativa al escrache? ¡Venga ya! Que no se diga.

Nota: el viernes 19, a las 8 de la tarde diré algo sobre las casas en el Club de Prensa Asturiana, en un acto multicultural y múltiple promovido por la Asociación de Escritores de Asturias. ¿Hará alguien escrache literario? ¿Contra algún político nacional, autonómico, local, futbolero?

 

La primavera

Su camisola es un verde Tiziano que hace juego con su cabellera. Ya saben, Venus salida del mar de piernas esbeltas y blablablá. Está sentada y charla animosa. Cuando sonríe parece salida de la mano de algún trazo de Miguel Ángel. De hecho, no lo descarto. Mira a través del cristal y puedo ver la primavera en su boca, sus labios de anuncio, los ojos un poco hundidos, lo suficiente -lo necesario- para resultar atractiva y ferozmente deseable. Se levanta. Escaneo su cuerpo, mido su estatura, calibro la textura de su piel e imagino una tarde, la noche, esa eternidad ingrávida del deseo. Se ha dado cuenta de que la estoy mirando. Vuelve a sentarse y alarga su mano —esa mano que te gustaría apretar contra la pared o contra la mismísima Vía Láctea— en un gesto de ternura más grande que cualquier pasión. Ahora dibuja la cara de él con sus dedos, lo atrae, ladea muy levemente su cabeza y hace que sus bocas se encuentren. Se muestra satisfecha de su poderío. La delata esa postura de hembra bien atendida. Ahueca y airea su melena y, en el impasse del movimiento, aprovecha para mirarme furtiva. Entonces se levantan los dos. La miro por última vez y pienso quién pudiera llevar sin miedo las riendas de esa cabellera. Ya saben, Venus salida del mar y blablablá.

Jerusalén

Un grupo de artistas han solicitado al escritor Antonio Muñoz Molina que renuncie al Premio de la Feria Internacional del Libro de Jerusalén. Aparte de las explicaciones del autor de Úbeda —aquí hay que dar explicaciones hasta para hacer un pis—, me extraña la ingenuidad preñada de soberbia que exuda esa intelligentsia; también el hecho de que en este país hay que mantenerse ojo avizor ante las amenazas por practicar la libertad. Pero lo que más perplejidad me produce es observar cómo la imaginación literaria provoca urticaria y afecciones respiratorias en esas mentes reconvertidas en guardianes esenciales  de la justicia, la libertad y la dignidad de los oprimidos. Si no fuera porque son quienes son, pensaría que detrás se esconden las manos antiguas de la admonición mojigata y condescendiente. Ya no sé qué pensar, pero si yo fuese palestino —ya me lo dijeron algunos en Jerusalén—, antes señalaría el brazo de mi amigo que la luna de mi enemigo.

Noticias

Nos vendría muy bien a los españoles que las autoridades pertinentes aclarasen con celeridad si los papeles de Bárcenas publicados por EL PAÍS son o no son. Si son, rápida comprobación de las entradas y más aún de la fiscalidad de las salidas. Después responsabilidades políticas y penales. Si no son, los lectores nos merecemos una explicación inmediata, por lo menos. Sea como fuere, muchas cosas deben cambiar. El olor es insoportable.

Cuentan que la poeta y Premio Nobel Wislawa Szymborska dedicó parte del premio a comprarse un apartamento con ascensor, —hasta entonces había vivido en un cuarto piso sin él—, y el resto lo dejó en manos de su secretario para que lo repartiera entre otros poetas, traductores, revistas o editores en apuros. Todo ello sin que se supiera la procedencia. Szymborska no quería que se hablara de ella como una persona comprometida o solidaria. La diferencia, a veces, salva el clima de los días.