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Privilegio

El fin de semana me fui a tomar otros aires. Cerca de la villa asturiana de Luarca me desvié unos cuatro kilómetros y acabé a unos 400 metros de altitud sobre la mar cantábrica, en el hotel 3Cabos, elevado sobre el mundo. La casona rehabilitada se asienta sobre un mirador natural desde el que se ven los cabos de Busto, Vidio y Peñas y a ella se le adosó un espacio mágico que hace las veces de salón con chimenea, comedor, pub y biblioteca. Todo ello decorado con un gusto ecléctico, con predominio de blancos y rojos en un juego equilibrado y elegante, donde destacan una serie de lámparas esculturas a las que ya sólo les hace falta exponerlas en alguna galería. Este rectángulo de arquitectura moderna forma un verso heptasílabo de madera y cristal que se convierte en un lugar inmejorable desde el que ejercitar la mirada, la contemplación y el diálogo. Además, aporta a la naturaleza todo lo que una pareja urbanita puede desear para desintoxicarse por unas horas o unos días. Las nubes altas y caprichosas junto con los prados y montañas y las casas blancas y el océano dejarán cientos de paisajes en la retina, dibujando un atardecer expresionista o un amanecer lisérgico. Todo depende de la sensibilidad y la imaginación de cada uno. Y también de los efectos que la cena, la bodega y el encanto de Rosa, Isabel y Tomás Bernar (propietario, ex del sector audiovisual y escultor que gasta un aire al escritor Thomas Bernhard cuando era joven) hayan depositado en el viajero. El desayuno, luego de algún mordisco proustiano, le devolverá a una realidad más lúcida. En fin, un privilegio de luz para estos tiempos tan oscuros.

PS: Quien tenga tiempo concédase un paseo por la playa de Frejulfe/Frexulfe y una visita a los jardines de la Fonte Baixa. ¡Ah, no se olvide de respirar!

Vientana

La Internet, la red, la web o como queramos llamar a esta maravillosa perdición borgiana ya ha deparado sorpresas para todos los gustos y en todos los campos del conocimiento y la creación. De la música a las matemáticas, de la técnica a la poesía, del cine a la comunicación, de la privacidad al escándalo, pasando por la industria, los hedge founds o el estilo neopaje de Frau Merkel. Nada es invisible a este prodigio que, según los entendidos, no ha hecho más que empezar su aventura. En esta senda, Luna de Abajo, ese proyecto que ahora comandan Helios Pandiella y Ricardo Labra y que encuentra sus raíces junto a Noelí Puente, Miguel Munárriz y el recordado Alberto Vega, vuelve para entregarnos un regalo titulado Vientana y que ustedes pueden disfrutar completamente gratis pulsando aquí.

»Vientana es un libro poliédrico en su interpretación,
lleno de ríos, pasos subterráneos, trayectorias,
direcciones y recorridos que, al igual que el hombre,
tal vez carezcan de sentido.

Si bien el concepto no es nuevo —una sucesión de 355 instantáneas tomadas desde la ventana del estudio de trabajo de Pandiellayocio por el diseñador Helios Pandiella durante casi un año entero, casi siempre a la misma hora y que inmortaliza la calle, sus personajes y el propio transcurrir del tiempo—, sí lo es la interpretación que el escritor Ricardo Labra hace de cada una de las fotografías. Y también puede ser nueva la forma de mirar y de leer este libro, por supuesto dependiendo de la experiencia de cada lector y de cada «mirón».

Sea como fuere, podemos obviar el texto a pie de página y dejarnos seducir por el ojo que se sitúa detrás del objetivo de la cámara o bien degustar la alquimia de la imagen junto al texto. La primera nos ayudará a sugerir nuestro presente, a observar matices y diferencias como si se tratase de un juego o a constatar una vez más que, tal y como escribe el propio Ricardo Labra «El hombre que se mira en el espejo de esta calle, [es] el reflejo de los demás». Por supuesto, será difícil obviar la comparación de nuestros días presentes con cualquier día de un tiempo pasado que tal vez sea muy similar al de las fotografías. Quién sabe, al fin y al cabo, en cualquier ficción que se precie el túnel del tiempo es una realidad, y una posibilidad, para la lógica y el sentido de las cosas. No así para la propia realidad, que carece u oculta a la perfección sus leyes y azares, como desgraciadamente ya sabemos de sobra.

Y una segunda lectura, la que aúna imagen y texto, nos proporcionará placeres y sorpresas insospechados. A cada vuelta de hoja, en cada esquina, en cada lámina de luz o en cada sombra de la muchedumbre dominical, el lector se encontrará con un texto que va goteando sugerencias al alma o al intelecto. Y así, página a página e irremisiblemente, se sentirá atraído por un discurso que va desde la elocuencia epigramática hasta la emoción de cada uno de los seres animados e inanimados que pululan por esa calle/avenida de los ojos del narrador, el que está detrás del objetivo, tras la ventana y, al fin, frente a la hoja que ahora lee. Porque el hombre que se mira, el fotógrafo/observador, también acaba siendo observado y fotografiado con la ayuda de los textos de Ricardo Labra. Es cierto, sutilmente y de reojo, como debe suceder para que el fotógrafo/observador continúe mirando por ese visor ahora convertido en ese numen necesario para interpretar «las cosas que pasan en la calle».

» En cualquier ficción que se precie el túnel
del tiempo es una realidad,y una posibilidad,
para la lógica y el sentido de las cosas.

No está de más advertir que el libro convierte a los paseantes, a los caminantes y a los ciudadanos en una galaxia de inquietudes o en símbolos inquietantes que hablan de sus obsesiones, muchas de ellas ya visitadas y escritas por Ricardo Labra tanto en su obra poética como narrativa. Ahora, como cierta novedad, cabe añadir ese bestiario que ha convertido a coches, camiones y furgonetas en animales de diversa utilidad e índole. Y pasa también por esa calle —que es al tiempo objeto de deseo y palanca de imaginación (la calle como pretexto, monólogo y diálogo permanente)—, todo ese juego cortazariano, ese «hombre que contempla la calle. El hombre que contempla al hombre que contempla la calle. El puzle de cada día».

Vientana es un libro poliédrico en su interpretación, lleno de ríos, pasos subterráneos, trayectorias, direcciones y recorridos que, al igual que el hombre, tal vez carezcan de sentido. Es un ojo impregnado de referencias literarias, filosóficas y mitológicas. Y es también un aliento que anima al viaje desde el sillón, frente a la pantalla del ordenador o de la tableta, para ver y leer de un tirón y quedarse con esas burbujas efervescentes que misteriosas o melancólicas nos evocan la privacidad de un tiempo sólo en apariencia detenido.

Mucho cuento en Pravia

Pravia, a vista de cuervo, es como una coma, una pausa en el tiempo, un refugio urbano y natural situado casi en el centro de Asturias. Pero cuando nos acercamos, vemos que se trata de una villa que atesora esa vocación de ciudad pequeña, apaciguada y lenta en el otoño y refulgente y viva en el estío, con sus calles viejas, sus joyas arquitectónicas y también sus excesos. Pravia cuenta, además, con unos ciudadanos cultos que expresan con un punto de risueña ironía y otro de orgullo todo el cúmulo de su historia, tan peculiar como literaria. No en vano, Pravia fue corte del reino Astur con Silo y Adosinda, con Mauregato y Bermudo I. Y eso se nota en el sedimento de sus palabras. Allí, desde hace nueve años, la Asociación de Escritores de Asturias organiza unas jornadas por las que han pasado una parte importante de la literatura actual en España: Cristina Fernández Cubas, Gustavo Martín Garzo, Javier Reverte, Manuel García Rubio, Rafael Reig, Antonio Orejudo, Carlos Marzal, Luis Alberto de Cuenca, Luis Antonio de Villena, Félix Grande, Joan Margarit, Esperanza Ortega, Fulgencio Argüelles, Gonzalo Moure, Eugenia Rico, Jorge Eduardo Benavides, Jesús Palacios, Félix Blanco y muchos otros incluidos una extensa nómina de autores nacidos y residentes en Asturias. Se cuenta que más de uno padeció el síndrome de Stendhal tras visitar la iglesia prerrománcia de Santianes y que sólo pudieron recuperar su cuerpo —su alma la perdieron irremisiblemente—, tras dar buena cuenta de la manduca en los excelentes restaurantes de la zona y dormitar sus ensoñaciones en los hoteles y hospederías de la villa.

Este próximo fin de semana, los días 5 y 6, vuelven a convocarnos. El lema que han escogido este año, «Mucho cuento», es lo suficientemente expresivo tanto de la coyuntura actual como del sempiterno status de los escritores, aunque la realidad, exagerada o no, es que se hablará a lo largo de varias mesas y conferencias del cuento in extenso y desde diversos puntos de vista, incluida la poesía. Así, este viernes tendré el placer, junto con Eva Vaz, José Luis Piquero y Julio Rodríguez, de contar a los lectores del Club de Lectura de la Biblioteca de Pravia -dirigida por la incombustible y hospitalaria Cristina Jerez-, cómo escribimos un poema. Versos que tienen toda una historia antes, durante y después y con los que trataremos de acercar la poesía a esos empedernidos lectores de prosa.

Además, quienes se acerquen podrán disfrutar con el reciente ganador del Premio Ciudad de Salamanca de Novela, Manuel García Rubio, con Jorge Ordaz, Fernando Fonseca, Jesús Palacios, Adolfo Camilo Díaz o José Ángel Ordíz, entre muchos otros de la literatura actual en Asturias. Por la mañana, bien pronto y para que no se diga, Pepe Monteserín lidiará la inauguración y al atardecer Fernando Beltrán nos emplazará a la medianoche cuando, dicen, se cuentan los mejores cuentos…

Entre todos, con calma chicha o galerna, mantendremos izada la bandera blanquinegra de la literatura. Ojalá que las sirenas no se duerman.

Hipo

El lunes pasado, de regreso de un viaje relámpago en el que no dejé de hipar, me encontré en el hall del aeropuerto con un editor a quien hacía tiempo no veía. Cuando lo conocí era uno de los más jóvenes, deseado por todos y pletórico ante las tentadoras ofertas que calentaban sus orejas. Una llamada suya cotizaba al alza en las noches de Sodoma y Gomorra de los autores. Tenía un fino olfato para cazar escritores y lo que es más difícil, sus mejores textos. Eran, por lo general, autores con estilo a quienes les enseñaba incluso sus horizontes de expectativa —otro día explicamos mejor esto—, a pesar de que luego se fuesen a bailar con otra más guapa que a su vez les dejaría con sus obras tiradas en los anaqueles más recónditos de cualquier librería. Y, definitivamente, se trataba de un conversador culto, elegante y de una eficacia contrastada en el cumplimiento de los objetivos, poniendo en evidencia a más de un compañero. Pero lo que más me gustaba de él era ese convencimiento que exudaba. Ahora, con unas ojeras que parecen un relato de Onetti, me cuenta furioso y enrabietado cómo se reducen los catálogos, la caída de ventas, la mengua de bonos, la dieta hipocalórica en las promociones y hasta las aviesas intenciones de los medios que lindan descaradamente con la gratuidad a cambio del trabajo de un autor. Y por si no fuera suficiente ahí llegan las administraciones con sus rebajas. «Así no hay quien viva», apostilla. «Y ahora qué», le pregunto. Se mesa la barba de tres días, se restriega la sequedad de los ojos y palpándose los bolsillos como buscando el paquete de tabaco que ya no fuma, me dice melancólico, mientras cruza su dedo índice por el cuello: «Hombre de poca fe. Aún les queda la reforma». Y de repente se me quitó el hipo.

Mudanza

Un mes después se va el 15-M. Con el cambio se avistan posibilidades y también pérdidas como siempre que uno se muda. ¿Será para mejor o para peor? Sólo quienes lo vivieron sabrán que fue un bautismo para muchos jóvenes. Quizás algunos, dentro de quince o veinte años se pregunten: «¿y dónde estabas tú el 15-M del 2011?» ¿Seguirán por entonces indignados? Unos sí, otros aún más y los menos en coche oficial. Los días que me acerqué por su campamento pude ver una pequeña mesa sobre la cual convivían Miguel Hernández con Cioran, Nietzsche con Machado o Beckett con Faulkner, amén de kafkas, lorcas, borges y otras novedades de hace casi 100 años; del siglo pasado, vaya. Supongo que a ciertas edades o se lee esto o difícilmente se leen más tarde. En todo caso, a nadie vi leyendo alrededor de la mesa. Y eso que habían dispuesto sillas y sofás. En realidad siempre he pensado que una lectura comme il faut conlleva una cierta transgresión postural.  Por mi parte me voy a meter unos pilates entre pecho y espalda para leerme con fuerza y en un pispás a unos cuantos contemporáneos que me han ido cayendo del cielo durante estas últimas semanas.

Así, de los poetas asturianos Antón García (La mirada atenta, TREA) y Julio Rodríguez (Doméstica, DVD) me iré a los europeos Fernando Fonseca (La agonía del pez tarado, Zahoría ediciones) y Jorge Ordaz (El fuego y las cenizas, Pez de plata). No me olvidaré de los inclasificables de Neonoir: cine negro americano moderno (Jesús Palacios, Manolo Abad, José Havel, et al.) o de algunos extranjeros como Murakami y Coetzee. Por cierto, mi mujer acaba de poner en el equipaje a Chirbes, Use Lahoz, Silvia Grijalba, Justo Navarro, Grossman y Don DeLillo. Mira que se lo tengo dicho. En fin, a veces el paraíso es el tiempo por delante y un puñado de libros en la maleta. Y esta noche la luna demudará el gesto.