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Pepe y José

Nunca me acuerdo de los cumpleaños de mis amigos, ni de si celebran o no sus respectivos santos. Como soy un desastre y en desagravio les dejo aquí y sólo para ellos estos dos humildes enlaces.Van envueltos en papel de regalo con una tarjeta en la que va escrito de mi puño y letra este poema, copiado para la ocasión de Los despojos, de Charles Baudelaire.

Lola de Valencia

Para un retrato pintado por Edouard Manet

Entre tanta belleza como la vista alegra,
comprendo, amigos míos, que vacile el deseo;
mas, entreabrirse en Lola de Valencia yo veo
el encanto imprevisto de una flor rosa y negra.

¡Felicidades! ¡Espero que les guste!

El factor π

ELLA, AMAZONA, OLISQUEABA SU RASTRO e implacable terminaba encontrando sus huesos apostados en algún café o su mirada de pez o de caballo rumiando por alguna plaza tranquila de la ciudad para luego precipitarse en sus pasiones por debajo de cada una de sus rendijas. Tenía una clarividencia y un hambre tan salvaje que los más leves pensamientos de él nunca le resultaban ajenos: ¿existía Dios también en el averno?, ¿era el océano atardecido la aorta de los territorios que contemplaba?, ¿qué se parapetaba detrás de la Luna dormida bajo el agua?, ¿aquella chica que cruzaba el paso de cebra tenía las características de un nenúfar dispuesta a la ofrenda o todavía era una incólume vestal?, ¿cuál era el significado de cada peldaño en la escalera de Jacob?, ¿qué tenía que ver un Mondriaan con un Vieira da Silva?, ¿cuál era la condena por una sonrisa para siempre? Ella no decía nada, escuchaba sus circunvoluciones en silencio y se reía y disfrutaba con la benevolencia que dicen se gastan los mejores.

Ella, tripulante de los espacios infinitos, le contaba de lugares ignotos, le mostraba el nombre de las cosas e infatigable le recordaba en voz alta y clara cada palabra que él olvidaba.

Ella, exploradora, a toda máquina rebelándose contra los espacios comunes de su época, calibraba la profundidad de cada pozo de su angustia y calculaba particularmente y al milímetro las superficies intactas de su piel, el mapa elocuente de su alma. El tiempo, y cada uno de sus segundos elementales, era su aliado: posaba la planta del pie sobre su costado y recibía la información de su temperatura, acariciaba la frente y sabía del humor de su melancolía, le ponía la mano en el corazón y se bebía la líquida transustanciación pagana, miraba sus ojos y contemplaba al lobo otrora inquieto y voraz, ya sereno en la penumbra.

Él, claro está, no podía hacer otra cosa que comer de su mano, confiado y agradecido, estirando su lengua y lamiéndola como el animal al que le acaban de salvar la vida.

Cuentan que una tarde ardiente y encendida de abril, alados por un aire propicio, ella le reveló la relación entre la longitud de sus ojos y el diámetro de sus deseos: fue en ese instante cuando pidieron un taxi y se marcharon juntos al fin del universo, como hacen los autonautas de las cosmopistas tras haber transitado y habitado todas las fronteras del mundo.

Fotos: Victory Boogie  Woogie, de Piet Mondriaan y L’issue lumineuse, de Maria H. Vieira da Silva

Bowles, Barceló, Beltrán.

Marche de Shanga, la Jupe verte, de M. Barceló

     Hace unas semanas, de regreso del sur y de vuelta hacia el norte, anduve algunas horas por el centro de un Madrid algo tristón y alterado, llevando el esqueleto divertido de quien se sabe anónimo entre tantos. En un momento de este promenade por el Paseo del Prado me colé por un agujero del espacio a una exposición que hace ya años, unos veinte, visité con los ojos aún casi virginales: Tápies, Sicilia y Barceló. Recuerdo la elocuencia de las texturas del barcelonés, las coloridas emociones subyacentes del madrileño y la contundencia en los detalles del felanijense. Estaba en estos presuntuosos —y a menudo ridículos— circunloquios personales, cuando me encontré con el Gran elefant dret presidiendo la entrada al edificio de CaixaForum. A pesar de la hora y el desvarío del viaje, me adentré en su estómago para ver la exposición La solitude organisative que repasa la obra de Miquel Barceló durante sus últimos 25 años. Además de la acción performativa realizada en 2006 para el Festival de Avignon, Paso doble, llena de adrenalina, juego, humor y dramatismo, recalé en los dibujos y acuarelas que el artista realizó en Gao. Me emocioné al recordar que algunas de aquellas obras se parecían mucho a las que ilustraban el texto de la novela corta Muy lejos de casa, de Paul Bowles y que leí hace un puñado de años. Un relato sutil y sugerente preñado de realidad y sueño en un territorio de calor sólido que se presta a desandar lo andado: no porque cualquier tiempo pasado sea mejor, sino por la certidumbre de que en nuestro pasado existen raíces, genes, que nos anclan al tiempo. A ese que buscan los físicos y que nosotros sin saberlo trasladamos de generación en generación. Sí, ya sé, pensarán que esto es una deriva. Pues sí, el estío es lo que tiene: uno se abandona entre sus brazos (los del amor, los del verano, los del tiempo…) y se amodorra en el murmullo suave y dulce de una cascada de palabras y pensamientos sólo en apariencia inconexos. Y es que las palabras, al igual que el tiempo de nuestras vidas,  también son eso: una exquisita sucesión a la deriva y no sólo una medida de exactitud, por sí misma a veces tan  huera y desangelada. ¡Emoción, señoras y señores, emoción!

"Mujeres encontradas" de F. Beltrán

     Pero todo esto ocurrió después de comer en La tavernetta y aprender una palabra nueva: ristretto. Me bebí dos y deriva tras deriva me acordé de los versos de Fernando Beltrán: La línea de la vida / es corta a veces. Por esa hermosa línea, a veces como un alambre, volví a la realidad.

     Luego llegó el vuelo desde la T-4, el norte, la insania de sus nieblas, la falta de visibilidad, un insomnio imperial. Por fortuna siempre están ahí los amigos para compartir y festejar esos privados territorios de felicidad permanente por los que uno ha sabido trabajar con pico y pala y defender con versos, uñas y dientes.

     En fin, este verano, además de aprender a bailar la jacaranda, por ejemplo, volveré a los clásicos y a mi gente: sin duda es la mejor forrma y el mejor tiempo para transgredir la costumbre. El ordenador portátil y el móvil pueden esperar.

Raciones

Graciosas raciones

Anduve el otro día de farra en compañía de un editor, una librera, un comercial y una autora. Tomamos unos vinos de la casa y una ración de pulpo, otra de calamares y una tercera de bravas. Todo ello convenientemente deshecho, perdón, quiero decir, deconstruído. Así pues, nada barato. Es lo que tiene ir a un gastrobar de copete. Para que ustedes se den cuenta es más o menos lo mismo que proponen algunos asépticos pero aburridos de la enésima nueva oleada de recientes narradores: esto es: deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual. Así pues, nada de pollo al ajillo, que es fritanga y el corral anda revuelto. También el de sus aledaños, me contaron, sobre todo reseñistas lacios con olor a verdín o neorrománticos de barbita hippy (como bien cuenta mi amigo el editor). Yo, por mi parte, oír, ver y callar.

Pero ahora que recuerdo el eco de la conversación, yo diría que el corral anda colapsado. Colapso, sí. Han ingerido tanto y se han pavoneado tanto a cuenta de anticipos, porcentajes abusivos y pingües beneficios que ahora se han dado en los morros y en la frente con todo ese nuevo vocabulario económico que no se puede ni mentar a fuerza de resultar indigesto a los nuevos curitas del lado I o de herir a esos nuevos burgueses (advenedizos otrora proletarios) que ahora pasean a sus vástagos por lo mejor de las portadas chic de las revistas cuché o por los capítulos en las series patrias de TV. De los curitas del lado D, mejor ni hablamos. Y de algunos del Vaticano, ejem, ejem y mano, mano. Ya se sabe, escupes para arriba y te cae el lapo en todo el iris. En fin, nadie tiene la culpa de tener en la congregación a hermanos con las hormonas disparadas. Habrá que joderse.

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¿Escribir es llorar?

Pero a lo que vamos. Extraño es el día que no aparece en cualquier periódico una queja, un ay, un exordio, un análisis o un qué sé yo de los demonios, firmado por alguno de los más arriba citados, invocando la maravilla de la literatura y los libros y, de paso, recordando que quieren ganarse la vida escribiendo novela tras novela. En fin, ya saben, supongo que se acordarán de Larra y los mocos. Es decir, que parece que alguien les está soplando que empiezan a sobrar en el mercado. No digo yo que todos, pero sí bastantes. Debe ser que han vuelto a leerse Don Quijote y ahora echan de menos duelos y quebrantos, lentejas o algún palomino que meterse entre pecho y espalda los días de descanso. Porque de lo contrario no me explico tanta tinta ni tanto repiqueteo en los teclados a no ser que algunos empresarios estén por la labor de apuntalar, por el momento, a tantos descendientes del señor Melville, por citar un ejemplo. Ahora, con la soga al cuello, muchos de ellos van a tener que dejar el momio y volver a sus oficios: profesor, periodista, funcionaria, chapero, psicóloga o portero de discoteca. Sin duda, una muy buena noticia para todo el sector y un magnífico aviso para los navegantes. Porque a lo mejor la teoría de las cajas vacías de Ferlosio pasa a mejor vida durante un decenio, año arriba o abajo, y podemos volver a hojear en las librerías u ojear en archivos pdf algo distinto a lo que hasta el momento nos han ofrecido a mansalva: novelas burocráticas con expedientes x, y y z. Poco más.

Por cierto y pasando la hoja, ¿se han preguntado alguna vez cuántos libros venden las editoriales españolas a las administraciones públicas a costa del erario? ¿Lo han pensado alguna vez? Sería muy didáctico que todos los parlamentos autonómicos y el nacional solicitasen un informe a los respectivos gobiernos para saber cuánto dinero está destinado a sufragar puestos de trabajo en editoriales que editan libros que duermen el sueño de los justos en los resecos o húmedos almacenes de la administración o en los anaqueles de las diversas redes de bibliotecas españolas, la inmensa mayoría de ellos todavía impolutos y vírgenes con su celofán brillante. ¡Qué empacho! Y lo que es peor ¡qué raciones tan caras!

Por mi parte, iba a contarles algo más, pero hoy estoy fragmentario. Así que si quieren que les ofrezca un buen plato de carne o de pescado van a tener que esperar hasta dentro de un par de semanas. Mientras, prueben con unas truchas de río, si las pescan, o con un buen plato de perdiz roja, si la cazan.

Tapas

Confiesa Michelle Houellebecq que lo que realmente le ha atrapado, lo que ha constituido su verdadero talón de Aquiles, ha sido el dinero. Y aclara que todo eso le ocurrió en muy breve espacio de tiempo, tras publicar Las partículas elementales. Se percató, prosigue, de la posibilidad de escapar al mundo del trabajo ya que para él, la vida de oficina era «una completa pérdida de tiempo, no era desde el principio sino una fuente alimenticia en estado puro».

No es la primera, ni será la última vez, que un autor hace tales o parecidas afirmaciones. Sólo en España se podría hacer un catálogo de damnificados o postulantes, según, cuya extensión daría la vuelta al mundo un par y media de veces como poco. Por poner algún ejemplo más, si uno lee algunos de los textos que Thomas Bernhard escribió con motivo de los actos de entrega de diversos premios que le concedieron, sabrá que en muchos casos sólo le movía la adquisición de un traje, una casa o un automóvil de lujo, un Triumph Herald pintado de blanco y tapizado en cuero rojo para ser exactos. Es decir, el pensamiento de poder enderezar la vida; es decir, de cobrar por escribir; es decir, de vivir como a uno le apetece. No hay nada punible en estos deseos pues todo el mundo aspira a lo mismo en cualquier otra actividad. El único problema reside en aceptar que en la literatura también existe eso que se llama la ley de la oferta y la demanda, esta máxima de ese mercado cuya omnipresencia pone en duda algún conspicuo circunflejo. Por supuesto, también se ha de saber que no todo lo que viene encuadernado y se pone entre tapas es literatura. Consuélense: incluso puede ser literatura y no ser arte. El arte es otra cosa.

euro 500Y si cuento todo esto es por dos motivos. En primer lugar porque ayer me encontré en la calle a un escritor joven que insistió en invitarme a un café. Me resultó sorprendente que sus primeras palabras estuviesen dedicadas —antes que a hablar de lecturas o de cualquier otro asunto— a ese pantanoso mundo de los derechos de autor, de colaboraciones en revistas y periódicos y de premios y subvenciones. Todavía hay almas inocentes que piensan que los premios son un concurso-oposición y lo que es peor, que los editores y escritores son algo así como sujetos celestes, númenes destinados a alumbrar a la muchedumbre. Digámoslo de una vez por todas: los escritores, así tomados, en general, están sobrevalorados. Como lo están los libreros, críticos, editores y hasta los mismos lectores. Sobra decir que con esos mimbres el café, con mucho gusto, lo pagué yo.

Portada de La Revue des Deux Mondes

En segundo, porque he leído el enésimo artículo sobre internet, los libros y la literatura, en esta ocasión firmado por Andreu Jaume, editor de Lumen. El señor Jaume arrima el ascua a su sardina —¡qué menos!—y trata de descabezar la plaza pública de internet, aunque no ofrezca ni una sola alternativa o solución. Podría observar lo que sucede en el mundo científico y luego contarnos. A lo mejor avanzamos algo. Pero qué curioso, porque este hombre que reclama para sí y los suyos un reconocimiento cultural, una labor excelsa para la sociedad, que no se ve a sí mismo como un auténtico hombre de negocios, busca y encuentra en los propios medios de comunicación ese reconocimiento, ese valor añadido. Como si los medios de comunicación, en asusntos de libros y literatura, vinieran envueltos en paños de santidad y ajenos a los intereses de los grupos empresariales a los que se deben. Y encima lo hace a través de la figura del crítico, al que enaltece y adjudica el papel de abogado del lector. Pues si es así, tengan los señores lectores mucho cuidado con sus bolsillos. Paradójico en todo caso, porque el lugar en donde debía haber buscado el señor Jaume para resultar más creíble, a estas alturas del XXI, hubiese sido, por ejemplo, en los trabajos universitarios. Pero claro, estamos hablando de editores, de personas que, sin ánimo de restar, comen, educan hijos, alquilan o compran casas y de algún lugar tendrán que sacar la pasta, a ser posible al dente. Y un poco más allá de personas que, como usted y yo, también tienen miedo. El mismo que quizá tuvo Cervantes o Blas de Otero, Houellebecq o Bernhard, la carnicera o la cirujana y hasta el finísimo fontanero que ayer me limpió 165 euros por desatascar unas tuberías en un tiempo récord. ¿Pero saben ustedes cuántos libros tiene que vender un escritor o los anticipos que debe cobrar o los artículos que ha de publicar o los encuentros a los que debe asistir para pagar al fontanero, amén de todo lo necesario para vivir? No es miedo. Es pánico. 

Recetas de Tapas

¡Marchando una de croquetas!

No sorprende, entonces, que las huestes se hayan lanzado a la red como zombis a por sangre fresca. Desde luego, no me extrañaría nada que cualquier día de estos pillen a cualquier escritor y lo metan en el trullo por robo a libro armado. Lo extraño es que todavía circulen muy ufanos autores, editores, libreros y toda la fanfarria del libro sin saber por dónde hay que tirar del carro. ¡Ah! y que nadie se equivoque. La poesía no desaparece ni se devuelven inmaculados los ejemplares de la librería a sus editores porque exista internet. Si alguna vez la poesía desaparece los únicos responsables serán los poetas. No se llenen de pesadumbre. Hay un montón de especies que han desaparecido y no por ello el mundo han dejado de ser igual de inextricable y bello. Espero que siempre exista alguien que de buena cuenta de esto. A ser posible, por escrito. Aunque sólo sea en internet. En fin, que cada cual se aplique el cuento y una tapa de croquetas que hoy paga mi editor.