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Breviario urgente para dormir a pierna suelta

1.- No le cuentes a nadie lo que no soportas que te cuenten. Por lo general, la gente suele tener un humor variable y, en particular, muy mala leche.

2.- Si te toca hablar, recuerda que diez minutos pueden pesarte toda la vida y que más de 40 están tipificados como delito de lesa humanidad. El cuerpo humano se resiente con suma facilidad, incluso para quien se queda dormido.

3.- Parte de la siguiente premisa: lo que tú cuentas no tiene ningún interés. Si lo piensas detenidamente, ni siquiera para ti mismo.

4.- Evita la reincidencia y la temeridad. Ya sabemos que el vicio de escribir es un asunto difícil de dejar. Con la crisis escasean las subvenciones para hacerlo y, además, ¡son tan indulgentes y olvidadizos los lectores!

5.- Si eres de los que piensan que tus lectores y oyentes no se ponen de pie porque están esperando a que se sequen sus asientos, usa Vanidol Forte, una dosis con el desayuno y la cena. Si no surte efecto consulta a cualquier concejal o diputado que tengas a mano. Los casos graves requieren terapia de choque con espejos circulares y lobotomías de alto voltaje.

6.- Para quien no domine la oratoria, siempre será mejor preparar un texto que luego pueda leerse, aunque se note que tampoco sabe… escribir.

7.- Cuida tu sintaxis como a ti mismo. La sintaxis está llena de moral y, al cabo, refleja el estilo de tu pensamiento. La perversión siempre es otra cosa y el argumento otra. Y si te obligan a elegir, procura que la historia siempre le gane al estilo por medio cuerpo de ventaja.

8.- Si lo que buscas es provocar, no des muchas vueltas buscando imposturas o frases impactantes. Bastará con que te envidien.

9.- En asuntos literarios, nada hay más sano y terapéutico que ponerse los cuernos a uno mismo. Libera endorfinas, previene las arrugas del fracaso y combate la halitosis del corazón.

10. Lucha cada día con ahínco por aplicarte el cuento. Y recuerda: la novela ha muerto y nadie sabe cómo ha sido. En todo caso nunca dejes de intentarlo: nunca sabes quién puede enamorarse de tus miserias.

La primavera (y 3)

Miro por la ventana y veo ya desde las 9 que esos chicos han ocupado un banco de la plaza. Son cuatro y están solos. Repantigados. Enseguida me pregunto si hoy será día lectivo. Llamo al CNI y me confirman que un huevo, que ésos están haciendo la rabona y que pronto se pondrán a jugar al fútbol, emulando ahora a los nuevos ídolos de la germanía futbolística. Que llame a la autoridad, me dice mi agente secreto. Pero, ¿para qué? No me parece mal. ¡Para qué va a parecerme mal! A fin de cuentas viven en el tiempo que les dejan, un presente afilado e inmediato bajo 23 benefactores grados centígrados que tuestan sus pieles lampiñas y arrasan su voluntad, agrandando su nula aptitud para ver más allá de sus narices, para ver siquiera algo parecido a la palabra futuro. Ahora —dos horas después— llegan otros cuatro. Hablan con ellos y parece que llegan a un acuerdo. Los bancos harán de portería. Varios ancianos se acercan con sus  ojos menguantes y los cuerpos mellados. Sonríen con una malicia histórica: huelen a distancia la carne de cañón. Se preguntan silenciosamente si serán ésos los que levanten el país. Quia. País ya casi no queda. ¿No ven los puños sobre los escaños, los discursos tragicómicos con la banderita de fondo, el lenguaje vulgar por todas partes y el dinero no sé sabe dónde? Y de repente aparece ella, bamboleante con su vestido leve y sus chanclas mercuriales. Invade el césped, extiende el fular de arabescos, se aplica el potingue lechoso y, tras un breve baño solar —ahora arremolina su pelo, sus hombros y su cuello relucientes, sus delgados brazos de mantis—, abre el ipad y lee. Los chicos ya se han cansado. Se quitan las camisas y muestran sus sudores. Vuelven a desparramarse por los bancos. La luz blanca silencia el mediodía, la sangre hierve en las amapolas. Ella sigue leyendo.

La primavera (2)

 

Era cuestión de tiempo que el nazismo (o el fascismo) saliera a relucir. Es un concepto al que se recurre con la misma frecuencia que aparece la indigencia argumental. Vaya por delante que no me gustan las muchedumbres y que soy amigo del orden. Entiéndase bien: del orden en el que impera el sonido moral que hace la gente cuando grita «queremos vivir bien», que no desea asistir a la intemperie material de los suyos y que sustenta sus principios de pobreza solemne en la lucha contra el siniestro social. Todo lo que nos está ocurriendo hunde sus raíces en un mantra concluyente del que desconocemos la furia de sus orígenes y hasta de sus ancestros. Me lo recordaba el otro día la mujer de un amigo: los ricos siempre ganan. No sabemos por qué principio o incertidumbre genética ocurre esto, pero así es como la historia nos lo viene demostrando hasta la fecha. Tenemos más información de un hijoputa cotidiano que de cualquiera que intuyamos como parte activa e interesada del sistema. ¡Uy, el sistema! Esto sí que me pone. Porque, como poco, hay dos sistemas. Uno el que forma toda la materia oscura que se agazapa detrás de los mercados —y del que básicamente no tenemos ni idea—, y otro del que ya sabemos demasiado compuesto en nuestro caso por 350 electos —(iba a decir otra cosa, pero no estoy por el escrache literario, baste con decir aquello de «todo para el pueblo pero contra el pueblo», ¿recuerdan?— mantenidos por no sé cuantos ciudadanos con sus votos apopléjicos y otros cuantos que forman un ejército variopinto de inocentes, pusilánimes, arribistas, gañanes, pícaros, desganados y filibusteros. Lo peor —o lo mejor según en qué parte se sitúe cada cual— está por llegar, cuando vuelvan a engordar las vacas y los zorros tornen a hacer sus  agostos y sus diciembres. Por su parte los pobres seguirán brindando con la esperanza y la ilusión intactas. Seamos realistas. A los ricos y poderosos no les hace ninguna falta. Dicho lo cual —qué feo es este sintagma pero qué apañado resulta—, ¿de verdad no hay en este lindo país imaginación suficiente  para encontrar una táctica digna de tan elogiable objetivo alternativa al escrache? ¡Venga ya! Que no se diga.

Nota: el viernes 19, a las 8 de la tarde diré algo sobre las casas en el Club de Prensa Asturiana, en un acto multicultural y múltiple promovido por la Asociación de Escritores de Asturias. ¿Hará alguien escrache literario? ¿Contra algún político nacional, autonómico, local, futbolero?

 

Privilegio

El fin de semana me fui a tomar otros aires. Cerca de la villa asturiana de Luarca me desvié unos cuatro kilómetros y acabé a unos 400 metros de altitud sobre la mar cantábrica, en el hotel 3Cabos, elevado sobre el mundo. La casona rehabilitada se asienta sobre un mirador natural desde el que se ven los cabos de Busto, Vidio y Peñas y a ella se le adosó un espacio mágico que hace las veces de salón con chimenea, comedor, pub y biblioteca. Todo ello decorado con un gusto ecléctico, con predominio de blancos y rojos en un juego equilibrado y elegante, donde destacan una serie de lámparas esculturas a las que ya sólo les hace falta exponerlas en alguna galería. Este rectángulo de arquitectura moderna forma un verso heptasílabo de madera y cristal que se convierte en un lugar inmejorable desde el que ejercitar la mirada, la contemplación y el diálogo. Además, aporta a la naturaleza todo lo que una pareja urbanita puede desear para desintoxicarse por unas horas o unos días. Las nubes altas y caprichosas junto con los prados y montañas y las casas blancas y el océano dejarán cientos de paisajes en la retina, dibujando un atardecer expresionista o un amanecer lisérgico. Todo depende de la sensibilidad y la imaginación de cada uno. Y también de los efectos que la cena, la bodega y el encanto de Rosa, Isabel y Tomás Bernar (propietario, ex del sector audiovisual y escultor que gasta un aire al escritor Thomas Bernhard cuando era joven) hayan depositado en el viajero. El desayuno, luego de algún mordisco proustiano, le devolverá a una realidad más lúcida. En fin, un privilegio de luz para estos tiempos tan oscuros.

PS: Quien tenga tiempo concédase un paseo por la playa de Frejulfe/Frexulfe y una visita a los jardines de la Fonte Baixa. ¡Ah, no se olvide de respirar!

Trabajo

Como un fogonazo rutilante o un estruendo escatológico, pero con una indecible certeza, el escritor necesitaba acabar de una vez aquellas páginas que durante años le habían bailado por los salones alucinados de su mente. Sabía que en algún momento sucedería, que se tumbaría o desfallecería sobre la mesa o el sillón, que estaba a punto de ocurrir ese instante en que el último párrafo, la última palabra o la penúltima corrección asomaran en un esfuerzo ímprobo por la vagina de su imaginación. Pero no necesitaba ese momento para lograr un enconado éxito, luego un silencio y más tarde la nada de siempre. No. No era eso. Lo necesitaba tan sólo para retomar la vida normal. Entonces lo supo. Escribió la palabra «Fin» y comenzó a escribir la siguiente. Eso es todo.