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Amor, esa palabra.

¿Qué le ocurre al amor cuando la realidad y la imaginación tienen poco que ver? En su último film, Amor, Michael Haneke se obliga a enfriar y ralentizar la verdad ominosa del dolor y la incapacidad que provoca la enfermedad con el fin de comunicar la historia con solvencia. Si dejamos al margen las obligaciones que impone una situación así (la cama, la ayuda constante, las papillas, la escasa movilidad, las sillas de ruedas, los intentos de rehabilitación, los pañales, las discusiones, la higiene personal, el desgaste psíquico y físico del cuidador, la pérdida del habla, la impotencia, la humillación, etcétera), desde el punto de vista narrativo Haneke se la juega a una última carta que ha ido urdiendo a lo largo de un metraje algo excesivo, pero que resulta eficaz. Hay temas que explotan y conviene no orillar: la atención a los dependientes y su derecho a decidir. En todo este ambiente, el arte, la música, cumple su función hasta donde puede y la preocupación de los demás no sólo es que no sirva, es que molesta. En el centro de este nuevo e inhóspito lugar gravita la certeza de que tal vez todo eso no sea el amor que una vez imaginamos, pero sin duda todo lo que se hace y, sobre todo, lo que se va a hacer es por amor. Entonces recuerdo a mis padres mirándose con una ternura llena de rabia y a prueba de infiernos en medio de aquel destrozo en el que parecía tan difícil irse con dignidad: amor, esa palabra.

El ejemplo Darín

Hay muchas formas que evidencian cómo es un país, cómo es su catadura moral, su vivencia democrática y su salud social. Vaya, su grado de transparencia, de entendimiento y convivencia. El asunto del enriquecimiento de los Kirchner, aventado en esta ocasión por Ricardo Darín, y que le ha levantado hasta el botox a Cristina Fernández, muestra una Argentina en déficit democrático y una presidenta guiñolesca e inmadura para ostentar la más alta representación de su país. Ha hecho mucho y bien el actor dando su opinión, hablando de lo que pasa en la calle y preguntando para que los responsables den explicaciones. La gente pierde su voz cuando pierde la confianza en sus políticos. Por eso es bueno que otros estén atentos y vigilantes, para que nuestra voz sea oída por boca de otros.  Cuando los políticos fallan, la política, al igual que la poesía, es una república de todos y de todos los días. En España, salvando las diferencias, deberíamos acostumbrarles a que comprendan y acepten de una vez por todas que no son más por hacer un trabajo más importante que otros. Lo son porque con sus decisiones y sus hechos marcan el presente y el futuro de millones. Y los millones estamos hartos, entre otras muchas cosas, de que los políticos, representantes del pueblo, votéis leyes para malgastar nuestro dinero y blindar con él a vuestros señores con sueldos, despachos, secretarias, chóferes y otras prebendas, por ejemplo.

Otra estafa

Carente de inquietud, y no digamos de emoción, en The master uno puede ver secuencias sin sentido, primeros planos inanes y un argumento deshilvanado con propensión a la nada, rayano en la imbecilidad, la idiotez o directamente en la tara de los personajes de la historia. Se puede contar que alguien enferma de dipsomanía o alucina por su querencia al vodka, la gasolina, el aguarrás o la trementina, pero jamás se puede contar y dirigir habiendo ingerido insólitas cantidades de despropósitos mentales y visuales. Churras y merinas sólo casan bien cuando están en manos de genios. Y no siempre. Debo agradecer al director, eso sí, tres estelas de mar y las tres carcajadas que provocan sus desmanes. Por lo demás, la cienciología, la causa o lo que resulte de The master es un tema mal abordado. Digamos que el tema es la relación entre un enfermo y una familia de sinvergüenzas sin escrúpulos. Si una religión en la actualidad nace aproximadamente como nos lo cuenta Paul Thomas Anderson entonces es que esto marcha peor de lo que pensaba ¿Los actores? Muy bien, por supuesto, pero ¿de qué sirve la excelencia interpretativa cuando el guión ni siquiera llega al rango del absurdo? Una cosa me queda clara: las etiquetas y el marketing nos estafan. La cultura en las peores manos.

Decencia

Alfredo Hernández ha escrito un libro titulado El fósil vivo. Si pulsan aquí podrán leerlo gratis y si pulsan aquí podrán descargarlo y leerlo cuando les vaya apeteciendo. Yo ya lo hice y pienso que también hubiese podido titularse Decencia. Una materia de la que uno nunca está sobrado a menos que la hipocresía sea ya ditirámbica. Su lectura final se solapó estos días con una reunión familiar en la que salieron a relucir las relaciones entre padres e hijos y las mejores formas para trasladarles a éstos valores que les sirvan para desarrollar y construir una vida propia.  Y para rematar este pequeño viaje a una ética siempre insuficiente vi la película Las nieves del Kilimanjaro de Robert Guédiguian. El film, a pesar de los rostros almibarados y de un guión cogido con alfileres, me gustó. El marsellés acierta más a la hora de destacar dos o tres problemas que todos deberíamos plantearnos de vez en cuando que en el momento de resolver los conflictos argumentales. Entre los primeros podemos destacar en qué consiste el bienestar, la seguridad y la felicidad y, sobre todo, qué hacer cuando todo eso deja de manar por el caño que regaba nuestras manos. Ahora más que nunca es necesario hablar de las cosas y volver a ponerles un nombre. Es decir, más poesía, más política y más educación.

Al fin, pienso, se trata de que las leyes y las normas  sirvan a nuestra libertad, pero también de que las acciones más privadas (incluido nuestro voto, sus consecuencias y también la autocrítica tal y como el otro día decía un amigo sin hacer mucho ruido mientras se tomaba una cerveza sin alcohol) reconduzcan los daños colaterales que siempre acaban por padecer los más desfavorecidos. Acciones privadas que nos curten como ciudadanos, dan ejemplo a las generaciones futuras y aportan fortaleza a nuestra maltrecha moral. Por lo demás el debate está abierto a pesar de que lo prosaico sigue campeando por estos inmorales terruños en los que enseguida se ríen de uno o le tildan directamente de mezquino o tonto del culo, según. Sin embargo, lo único cierto es que nadie ha resuelto todavía si es más quien da o quien recibe.  En fin, todo sea por la Decencia, prima hermana de la Rectitud y de la Buena Educación. Para todas ellas se necesita saber contar y no ser un ladrón, aprender a leer y entender lo que se lee y en definitiva tener un corazón avant la lettre.

¡Ay!

Pido disculpas de antemano. No es habitual en este espacio dedicar letras a asuntos tan cercanos, básicamente porque  las identidades mal entendidas y sobrevaloradas siempre me la han traído al pairo y máxime en España donde esa cualidad ha contribuido al punto de ridícula imbecilidad en el que nos hallamos. Vamos a ello. Resulta que, sea como fuere en sus orígenes, el arquitecto y Premio Príncipe de Asturias Óscar Niemeyer regala un caramelo a Asturias. Un complejo arquitectónico en la ría de Avilés (ciudad de unos 85.000 habitantes) que para sí quisieran otros municipios, destinado a ser centro cultural y metáfora del abrazo al mundo entero. Esto es un decir, claro. El mundo, y no digamos ya el mundo de la cultura, está lleno de intenciones. Buenas y malas. El centro se alza gracias a la inversión pública. Se constituye una fundación y, justo antes de las elecciones, ésta solicita un cambio estatutario que altera la situación, digámoslo así. Pero el nuevo gobierno autonómico no parece muy dispuesto a pasar por esa horca. Grosso modo, el centro cultural corre el riesgo de paralizar su actividad (de hecho, ya está paralizada). Las declaraciones de responsables del centro, de la fundación, de partidos y del gobierno se suceden en un tira y afloja que sonroja sólo a unos pocos porque básicamente la situación socioeconómica satura las neuronas del personal que está a otra cosa. Entre otras a la bomba de relojería que el gobierno le ha puesto a quienes trabajan en y para la Radio Televisión del Principado de Asturias. Los ciudadanos de Avilés se manifiestan: unas 5.000 almas. El resto no justifica su ausencia. Sus vecinos de Oviedo y Gijón, otro medio millón de almas, tal vez estén gritando desde el Elogio del horizonte de Chillida, desde LABoral Centro de Arte, desde el altar de Santa María del Naranco o desde el Palacio de Congresos de Santiago Calatrava, pero nadie les oye, situados a una insalvable distancia de 30 kilómetros, en especial a partir de las once de la noche, si no es en coche particular. Y en fin, que no encuentran la solución y ni siquiera saben si la encontrarán cuando logren acordar una fecha para reunirse los presuntos implicados (¿después de las elecciones, tal vez?; ¿o quizás cuando los tribunales sentencien?). Sin duda, este foco cultural del Niemeyer, que no debería convertirse en foco de contaminación, debe ser un problema de enorme complejidad para el que no están preparados ni unos ni otros, visto que ni saben, ni oyen, ni  se entienden. Si de mí dependiera los metía a todos, fundación incluida, en el crucero más cercano rumbo a Siberia. Mientras tanto, hace poco me metí entre el pecho del alma y la espalda de la razón cuarenta minutos de Stradivarius embellecidos y enfebrecidos por Anne-Sophie Mutter y un par de maravillosas e inquietantes horas de cine a cargo de Wim Wenders con su homenaje a la coreógrafa Pina Bausch. La Utopía de María Pagés para el Niemeyer me la perdí. ¡Ay!